lunes, 15 de abril de 2024

 

Olvidándose de lo importante   

 

Siempre me han gustado los animales. Quizás es porque la infancia y la adolescencia los pasé con perros, gatos y demás familia. Sin embargo, lo que cualquiera observa es la excesiva antropomorfización que se hace sobre todo de perros y gatos. Se les viste como a un niño, se les compra chucherías y se les trata como si fuesen humanos.

El tiempo que se dedica a una mascota en paseos, baños, llevarlo al peluquero y demás, no se dedica ni mucho menos a un familiar, sea un padre o una madre ya mayores, que están más necesitados que nunca de ser escuchados y que se les muestre el cariño necesario. El perro y el gato están cumpliendo una función en esta sociedad tan moderna dónde son tratados como personas, con muchos privilegios y sin embargo a otras personas se les tarta más bien como animales. Algo está pasando, quizás será que al no hablar y estar siempre disponibles cómo si fuese un juguete se pueden convertir en el compañero ideal para soportar las tensiones de la vida y acompañar la soledad, además de cubrir las necesidades de dar afecto.

Cada cierto tiempo aparecen noticias que a mi me desconciertan y contribuyen a reforzar aún más la gran entronización que se hace de los perros. La última que conozco es: “hacerse un selfie con tu perro puede prolongar la vida”. Sí, han leído bien. Combinar los beneficios fisiológicos de tener un perro con el impulso psicológico de hacerse selfies multiplica los beneficios en nuestra salud. Claro, primero necesitas un petselfie, un curioso invento que nos permite colocar una golosina preferiblemente o una pelota justo encima del teléfono móvil y su cámara de fotos. De esta forma, será fácil captar su atención. Se trata del truco más habitual para captar la atención del perro a la hora de hacerle una foto. En fin, que todo son beneficios, pero me parece que más bien económicos con tal de vender artilugios destinados a los animales, un buen filón en el que el colmo son los satisfayer para perros. Me pregunto si levantaran la cabeza que dirían de todo esto Gerald Durrell que escribió: “Mi familia y otros animales” y el gran Félix Rodríguez de la Fuente.

Eduardo García Fernández

Psicólogo Clínico.

 

 

 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

 

                             Pequeña reflexión

 

Ah, diciembre y con él las navidades, que pronto llegan, cada año parece ser más corto y acelerarse más.

En junio, estando de vacaciones le enviaba fotos por whashaptt a un amigo y él me contestaba:” aprovecha que pronto se acortaran los días y ya están ahí las navidades”. Pues parece que hay que darle la razón.

Diciembre y agosto son los meses de los reencuentros con amigos y familiares, pero el mes por antonomasia es diciembre por las reuniones familiares. Muchas personas acuden a cenas o comidas con familiares con los que el resto del año tiene poco o casi nada de contacto, sea por teléfono o por mensajes de whashaptt, y más bien soportan la situación porque es lo que toca, por costumbre social. El uso del móvil en las comidas es un buen mecanismo de escape para ausentarse por momentos, pero a veces, estallan las discusiones por rencores acumulados, envidias, celos, malos entendidos y un sinfín de problemas acumulados con los años, y que jamás se hablaron en el momento adecuado y con la calma necesaria para buscar solución. Quizás estas fechas sean el momento Kairós como decían los antiguos griegos, el momento adecuado, propicio, oportuno, para saber decir no; ser asertivo como decimos los psicólogos, y rechazar determinadas invitaciones para comer con familiares a los que el resto del año apenas se interesaron por uno. No pretendo desde estas líneas hacer un alegato antisocial en fechas tan señaladas o ir contra la familia, sino más bien, ser coherente con la vida de uno y procurar evitar malas digestiones, además de lograr darse a respetar; así pues, cuando uno ante las celebraciones de este tipo, cambia y decide no asistir a comidas que sabe cómo terminen probablemente, estará enviando un mensaje apropiado a la familia, además de sentirse orgulloso por haberse atrevido a decir que no.

Así pues, que tengan unas buenas y tranquilas navidades. Salud y buen provecho.

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

                  Navegar a la deriva o caminar

Voy paseando por el parque de San Francisco cuando veo como una madre (supongo por edad, aunque puede ser su tía) hace fotos con un móvil a una adolescente que posa de varias maneras delante de un árbol; mi sorpresa es el empeño que ponen ambas, ¿estarán haciendo un book?, me digo, pero cuando me siento en un banco y pasa un buen rato, veo a lo lejos que allí continúan ambas en lo que más bien parece un trabajo donde la chica pone el pelo hacia delante , recogido etc…no pueden ser tantos selfies, quién sabe.

El poder que las influencer y youtubers tiene sobre las adolescentes es tan grande, que muchas veces las propias madres se sorprenden al averiguar el tiempo y dedicación que sus hijas emplean en seguir a quién marca la moda y las tendencias, y así quién se va formando y conformando con esta influencia es habitual que se encuentre permanentemente insatisfecha con su cuerpo, con un mayor número de complejos y además que quiera adelgazar. Si la adolescencia ya es un periodo difícil, aún lo está siendo más últimamente, cuando la inmediatez de los vídeos subidos por alguien contribuye a que las jóvenes quieran emular al influencer de turno, o incluso competir con ella y así usurparle seguidoras. Se sabe que la imagen tanto en el ordenador como en la televisión engorda, sin embargo, las horas y horas que se pasan los/as adolescentes en Instagram y demás redes sociales están haciendo que se incremente los problemas con la imagen corporal y los trastornos de la alimentación, puesto que se intercambian dietas para perder peso, así como trucos para no comer. Mientras con la que está cayendo, hay gente que apenas llega a fin de mes y otras/os están descontentos con su imagen corporal y no salen de su narcisismo. La tecnología ha conseguido crean un mundo nuevo donde parece que por efecto de magia todo es posible, pero más bien improbable, ya que la realidad muestra el grado de insatisfacción que ahora mismo tienen las/os adolescentes con su cuerpo que son quienes más tiempo pasan con su móvil. Entre los efectos nocivos de las redes está la comparación continua, la necesidad de estar permanentemente conectado, el suscitar envidias entre otros, se puede decir también a su favor que está la necesidad

de pertenecer al grupo, el compartir y conocer gente, sin embargo, considero que crean más malestares que beneficios.

Continuó el paseo por el parque, y veo como ahora los chavales colocan los bancos unos en paralelo a otros para así sentarse a hablar poniendo los pies en alto en el banco que tienen en frente, vamos como si estuvieran en el salón de su casa, con la gran diferencia que allí no tiran las bolsas de lo que comen en el suelo. Un comportamiento que ellos consideran normal y por lo tanto no es criticable.

Un parque abandonado donde hace años que un quiosko está cerrado y pintarrajeado, un antiguo bar cerca del estanque de los patos está cayéndose y un bombé que hace años está abandonado e incluso las chapas metálicas que lo rodean oxidado, sin embargo, es el parque emblemático de Oviedo, ¿cómo puede ser? Quizás lo que está sucediendo es que hoy vivimos simultáneamente en dos mundos paralelos y diferentes. Uno creado por la tecnología online, nos permite transcurrir horas frente a una pantalla. La otra mitad del día consciente la pasamos en el mundo que, en oposición al mundo online, llaman offline. Parece ser que el promedio de tiempo delante de la pantalla es de unas 7 horas y media. Y así el peligro que subyace es la propensión de la mayor parte de los internautas a hacer del mundo online una zona ausente de conflictos. El sociólogo Zygmunt Bauman considera que en mundo de internet hay una solución mágica a nuestros problemas, uno oprime el botón borrar y las sensaciones desagradables desaparecen. El comenta que estamos en tiempos de liquidez ayudado por el desarrollo de la tecnología. Al fin y al cabo, para muchos el parque no es un lugar para contemplar árboles y disfrutar del entorno, sino una prolongación de mi móvil, para cazar pokemons, o navegar sentado en un banco, así las personas cada vez están más fuera del contexto físico y más mediatizadas y absorbidas por los dispositivos electrónicos, con una atención más dispersa, un deterioro en la capacidad de escuchar y de la facultad de comprender que llevan al empobrecimiento de la capacidad de dialogar. Por que no hay que olvidar, que dialogar significa exponer las propias ideas aún asumiendo el riesgo de que en el trascurso de la conversación se compruebe que uno estaba equivocado, y que el otro

tenía razón. En cambio la facilitación tecnológica de conexión continua implica como efecto colateral el miedo a la conversación en tiempo real, cara a cara, y más aún sobre asuntos difíciles, esto lo sostiene la antropóloga Sherry Turkle en su libro En defensa de la conversación.

Se sabe que fisiológicamente el cuerpo humano se siente más en sintonía rodeado de árboles que aferrado a un teléfono móvil. Aunque nuestra conciencia cada vez está más moldeada por la tecnología y la conectividad permanente, fisiológicamente nos adaptamos mejor al medio natural. Por ejemplo, el físico estadounidense Richard Taylor ha constatado que el patrón de movimiento de la retina cuando analiza una escena de tipo fractal. Los fractales - objetos geométricos aparentemente irregulares que se forman a partir de la repetición de una estructura simple a diferentes escalas- están presentes en muchos elementos de la naturaleza, como en los copos de nieve o en los helechos ( como muy bien señala en un artículo la escritora Marta Rebón). Por eso, al observar las ramas de un árbol o las olas del mar se produce un efecto calmante. La predisposición de nuestro cerebro a sentirse en sintonía en ese entorno obedece a la huella evolutiva.

Ahora que se pretende construir un restaurante con una estrella michelín en el parque San Francisco, propongo también que se modifiquen los bancos y les pongan a la mitad de ellos ruedas para que así los chicos no realicen esfuerzos para colocarlos frente a donde se sientan y así poner los pies en alto mientras están con sus móviles, también estaría bien el que se sustituyeran las pocas y deterioradas placas que identifican los árboles por unas pequeñas señales que indicases dónde hay más pokemons, y dónde es mejor hacerse los selfie.

Sin embargo, para quienes valoramos el parque para simplemente caminar, aunque esté así de abandonado, es conveniente traer a colación lo que dice el escritor César Antonio Molina en sus memorias de ficción tituladas Todo se arregla caminando: “Caminar es nuestra manera fundamental de estar en el mundo, sumergirnos en nuestra movilidad ancestral en sintonía con los olores, colores, músicas y cambios atmosféricos. Acción y perfección íntimamente conectados.

Caminar es un proceso continuo de autorrenovación, de ganar tiempo al tiempo, de convertirnos nosotros mismos en espacio.”

 

 

sábado, 22 de agosto de 2020

                       La pérdida de lo cotidiano

 

Hijos que visitaban a sus padres en la residencia y los besaban y los abrazaban, niños que iban como cada día a los colegios y al ver a los amigos  se  saludaban, amigos que hace tiempo que no se ven y encontrándose en la calle  se abrazan. Todos estos pequeños rituales cotidianos, simples gestos instalados en nuestro día-día ahora mismo no están. Tal parece que el año 2020 nos cogió con el pie cambiado.

   Una vez que se ha pasado lo peor del desastre sanitario de la pandemia se llega a una situación que han dado en llamar: “nueva normalidad”, pero que prefiero denominar: el regreso a la antigua crisis del sistema, pero con el añadido que ahora nos han quitado una parte consustancial al ser humano y que nos define como tal, y que son las formas de saludarnos, ahora ya con los codos, (esperemos que sea temporal). Atrás queda el abrazarnos (no en vano cuando hay un abrazo los corazones están próximos), como cuando estrechamos la mano ese contacto permite que las miradas sean más cercanas; el confinamiento unido a la necesaria (por supuesto) distancia social, ha conseguido que el centro de las relaciones personales sea más bien  la coronación de la tecnología.

Por cierto, en Pamplona ya hay un robot, Alexia, que atiende en las terrazas para evitar contagios, olvídense de hablar con el camarero, mejor hable con la máquina, que seguro tiene tema de conversación para rato; incluso cabría preguntarle si está satisfecho con el trabajo que realiza quitándoselo a un humano.

 Los libros que abordan la situación que ya hace tiempo estamos viviendo hablan de tecnopersonas como una hibridación donde el prefijo tecno redefine a un nuevo humano, donde la mezcla de inteligencia artificial, y la implantación, en casi todos los ámbitos, de la tecnología digital, ha conseguido redefinir un nuevo ser menos humano, más próximo a una máquina o no se sabe bien a qué; el filósofo Javier Echevarría titula su último ensayo Tecnopersonas. Como las tecnologías nos trasforman, editado por Trea.

En fin, que la ciencia ficción más sobrecogedora ya está aquí para quedarse y  crear una realidad distópica donde todos pareceremos personajes de la serie Black Mirror, ese espejo negro que nos devuelve una imagen sobrecogedora. Este es un nuevo contexto y como tal produce unas nuevas formas en las relaciones humanas, aunque sea durante un tiempo mientras no exista vacuna, se supone. De lo que quiero hablar es de esa sensación de extrañeza que se produce cuando vemos a amigos, familiares o conocidos y al mantener la distancia el contacto visual cobra una mayor relevancia, no en vano era S. Freud el que decía que: “ la mirada es el sustituto civilizado del tacto.”Así pues, hay personas que saben sonreír con la mirada estando con la mascarilla, así como los hay que con verlos los sentimos igual de próximos que en el pasado mes de febrero, y sin embargo otros los seguimos sintiendo igual de distantes a pesar de verlos cerca. El tema es que los rituales como señala el filósofo coreano Byung-Chul Han en una reciente entrevista que no tiene desperdicio, permiten que los valores de una comunidad se asimilen corporalmente. Una idea cercana a la que tenía Pascal: “Si no crees, arrodíllate, actúa como si creyeras y la creencia llegará por sí sola.”  Los rituales anclan la comunidad en el cuerpo, sentimos físicamente la comunidad. Precisamente la crisis del coronavirus en la que todo se desarrolla digitalmente, echamos mucho de menos la cercanía física. Todos estamos más o menos conectados digitalmente, pero falta la cercanía física, la comunidad palpable físicamente. Es más, llega a decir Han: en los rituales el cuerpo es un escenario en el que se inscriben los secretos, las divinidades y los sueños. Pero es que el virus llega a consumar incluso la desaparición de los rituales. Los rituales poseen un factor de repetición, pero que es una repetición animada y vivificadora, no tiene nada que ver con la repetición burocrática-automática. Hoy en día dice Han vamos constantemente a la caza de nuevos estímulos, emociones y experiencias y olvidamos el arte de la repetición…”la vida intensa que actúa como reclamo del neoliberalismo no es sino consumo intenso.” Y es que probablemente de tanta búsqueda incesante de nuevos y variados estímulos, de una sociedad tan desequilibrada se llegó a esta situación.

Y mientras, este es un contexto muy propicio para que apelando a nuestra seguridad, a nuestra salud, se instale un nuevo orden,  un  New Deal pero no el de Roosvelt obviamente, incluso se habla de un giro datadísta, (Big Data), para así ejercer un control remoto de la salud, la educación, las relaciones personales; en fin, que tal parece que el virus solo precipitó lo que ya se venía fraguando de una forma gradual. Y frente a esto solo cabe una verdadera resistencia, que es recuperar esas formas de relación personal auténticas algo que ya escaseaba antes de todas esta catástrofe sanitaria, porque todo apunta, si pretender ser nihilista ni catastrofista, a que las relaciones humanas de momento parece que estén basadas en la desconfianza, como  aquel personaje de la película Blade Runner, J.F. Sebastian un diseñador genético que padece un trastorno de envejecimiento prematuro, y con el que el gran director Ridley Scott muestra la ausencia de relaciones personales auténticas como algo característico de ese futuro. Sebastian es un ser solitario sin amigos y cuya única compañía la forman los muñecos diseñados por él, (los  Alexia y compañía actuales); así pues, no parece que sea casual que este síntoma de decadencia futura y muy próxima reaparece en películas posteriores como el Juez Dredd, Inteligencia Artificial o Minority Report. El tema clave es si nuestra película actual, la que vivimos día a día, acabará bien, o más bien están diseñando un guión bastante retorcido. Esperemos poder verlo.

 

 

sábado, 22 de febrero de 2020



                                El temor a conocerse


         Hay personas a las que el silencio les genera inquietud, ansiedad y al no soportarlo necesitan tener siempre de fondo  sonido. Así, al llegar a casa la costumbre es encender la televisión o poner la radio o música, porque a parte de huir del silencio están evitando estar a solas con sus propios pensamientos que los viven con verdadero temor. Este mecanismo de evitación de los propios pensamientos y del silencio, es más frecuente de lo que parece, y además propicia el que las personas no aprendan a conocerse, ni a descubrir todas las posibilidades que ofrece el poder disfrutar de uno mismo a solas, en la tranquilidad que les podría proporcionar el silencio.
         Saber apreciar el silencio, valorarlo y a la vez utilizarlo para el descanso, pensar o realizar determinados trabajos, es algo tan necesario para el equilibrio psicológico como el ejercicio físico.
Así pues, cuando un niño aprende a estar en silencio en casa, concentrado en los deberes, también está ejercitando el saber estar consigo mismo a solas y esta situación le servirá para pensar, que es eso: hablar con uno mismo en silencio y a solas. Sin embargo, hoy e día se huye del silencio, hay un verdadero horror vacui que se traduce en que no existen espacios como una sencilla tienda, una zapatería, un supermercado etc… que estén libres de música.
En la actualidad existe una campaña en los bares, con su correspondiente cartel, donde se insiste en bajar el volumen, evita molestar y hacer ruidos, y se señala que son establecimientos libres de contaminación acústica. A las personas hay que enseñarles  que para comunicarse no hacen falta los gritos. Pero además, en la emisora radio 3 entre programa y programa se insiste en una cuña publicitaria que: por favor, porque no te callas, cuando vas a un concierto de música vas a escuchar a los músicos y no a hablar. Normas sencillas y de sentido común que permiten que la convivencia se mejor, pero  que cuando es necesario hacer estas campañas es un reflejo de cómo se ha perdido el norte; es como si por sistema las personas se comportasen estando siempre fuera de contexto. Ya ni siquiera resulta llamativo el que por la calle se escuche la conversación del que va hablando por teléfono.
Quizás es que todos venimos  de una gran explosión de ruido, el famoso Big-Bang y no estamos acostumbrados  a desenvolvernos en esta sociedad tan ruidosa para cultivar el silencio, o bien que vivimos unos tiempos donde más bien se le teme, se evita, es como algo que inquieta, cuando más bien es una fuente de gran fuerza.
Según un estudio muy citado, los seres humanos tenemos menos capacidad de concentración que los peces de colores. Los hombres perdemos hoy la concentración al cabo de ocho segundos- en el año 2000 eran doce-, mientras que los peces de colores el promedio es de nueve segundos. Y los peces de colores se encuentran, como sabemos, muy abajo en la cadena trófica. Me figuro que la investigación sobre los peces de colores es bastante limitada, así que los resultados sobre estas criaturas deben tomarse con cierta precaución. En todo caso, si he mencionado esta investigación es por el dato que se refiere a nosotros, los seres humanos, así lo manifiesta Erling Kagge en su libro El silencio en la era del ruido. Cada vez nos cuesta más concentrarnos en un mismo tema a medida que pasan los segundos.
A pesar de lo que aquí indico, muchas personas de una forma tangencial o intuitiva cultivan a diario su propio silencio, como cuando se concentran en una actividad con la que disfrutan, y llegan a  fundirse tanto en dicha actividad que el mundo a su alrededor desaparece.
         Los seres humanos para no temer tanto al silencio debemos tener  presente que como decía Lao-Tsé “lo que le da valor a una taza es el espacio vacío que hay entre sus paredes”.

lunes, 27 de enero de 2020



                             Abandonar el yoismo


Una de las quejas que escucho con cierta frecuencia, es la falta de empatía en ciertas personas como familiares y amigos. Como consecuencia, las relaciones sociales  solo se desarrollan de forma un tanto superficial. Sin embargo, lo que conviene tener en cuenta es que para empatizar con alguien, es decir, ponerse en el lugar del  otro y tratar de sentir, en la medida de lo posible, como se siente mi semejante, es necesario previamente escuchar de una forma activa y para eso hay que dejar de estar pendiente de lo que uno quiere expresar, no escuchar los propios pensamientos, sino tomarse el tiempo necesario, sin interrumpir al otro y escuchar de verdad, una capacidad que no todas las personas poseen, pero que se puede cultivar.
En unos tiempos en los que el “yoismo” si, el narcisismo, es la tónica dominante, no abunda las personas que realmente saben escuchar. Un término que estuvo en boga en su momento, y que como todo fenómeno sujeto a modas tiene una perduración más bien pasajera, pero que remite a poder disfrutar de una verdadera conversación con alguien y sentirnos comprendidos a la par que comprender a tu interlocutor.
Con el comienzo de un nuevo año los propósitos de la gente abundan en: ponerse en forma, bajar de peso o aprender a fumar y dejar el inglés como tan acertadamente decían en un chiste los geniales Faemino y Cansado, sin embargo, pocas personas se plantean escuchar de forma activa y empatizar con el amigo, el compañero de trabajo o el  familiar de turno, es decir cambiar para ser mejores personas, sencillas y humildes en el trato, algo cada vez más difícil de encontrar, quizás esto requiera un esfuerzo y no están dispuestos a realizarlo,  pero más bien creo que lo que predomina es que para mucha gente con expresarse ellos ya les llega, porque las redes sociales, los youtubers, los whassapp fomentan el que todos quieren expresar su opinión y esto a su vez contribuye a crear y reforzar los comportamientos narcisistas, donde es mi ego el que se manifiesta, pero donde el otro es un mero espectador, quizás por que lo que estamos viendo y escuchando sea realmente un espectáculo y donde solo tenemos que prestar atención.
Parece ser que durante la Ilustración el aumento de las novelas, sobre todo las novelas epistolares contribuyeron a aumentar la empatía ya que desempeñaron un papel importante en la disminución de la violencia y la crueldad porque nos permiten experimentar el mundo desde el punto de vista del otro, así lo sostiene el psicólogo evolucionista Steven Pinker en su obra: Los ángeles que llevamos dentro, sin embargo, aquí la Ilustración llegó poca y muy de refilón como muy bien muestra el gran Pérez-Reverte en su novela Hombres buenos, ( donde por cierto, existe un magnífico ejemplo de cómo surge una relación de amistad entre dos académicos, los protagonistas principales de la historia y cómo uno empatiza con el otro en unos diálogos realmente inteligentes ) y si a ello añadimos que se lee más bien poco, y que para muchas personas de carreras técnicas y científicas consideran que leer novelas es una pérdida de tiempo, pues ya está todo dicho.
Cuando leí el libro de Julio Llamazares: Nadie escucha, allá por 1997 me sorprendió lo certero que era su análisis de aquellos tiempos, y tal es así que esa situación se prolonga. Llega a decir: “últimamente hay demasiado ruido. Si de alguna manera tuviera que definir la época en la que estamos viviendo es como un tiempo en el que hay tanto ruido que nadie escucha a nadie, ni siquiera a si mismo”.
Así que a pesar del ruido y optando por sentirse más en los zapatos del prójimo, estaría bien como propósito del año nuevo el aprender a cultivar la empatía en la relación con nuestros semejantes.




Eduardo García Fernández

  Psicólogo Clínico

jueves, 5 de diciembre de 2019



                         Pedir por esa boquita

Escuchaba en radio nacional como una niña norteamericana pedía un montón de juguetes y aparatos para navidades, tantos objetos que la lista se me olvido cuando iban por la 7º; pensé en su soledad, porque quién necesita tanto y tan superfluo es probable que sus padres o parientes no le dedican el tiempo suficiente para jugar con ella, o bien que ya han entrado en caída libre y solo están alimentando a una futura Paris Hilton. Pero, donde hay límite, si más bien parece que hoy en día todo es como una enorme cinta de Moebius, antes hasta la televisión tenía carta de ajuste, lo que implicaba que cesaba la programación y allí no había nada que ver, solo oír un piiii… que más bien daban ganas de salir del salón. Ahora los canales televisivos emiten las 24 horas al día, y además con la banda ancha de Internet me puedo descargar  series, música, jugar y hablar en red, una película que ejemplifica a la perfección ese mundo es LOL  un film francés del año 2008, que trata sobre una adolescente cuya vida se divide entre sus estudios en una prestigiosa escuela secundaria de París, su diario secreto, sus amigos, novios, sus padres divorciados, las drogas y la sexualidad.
Para el pensador Evgeny Morozov el problema de lo digital , de lo tecnológico, no es un problema de lo digital ni tecnológico, sino político y económico. Que los desafíos no los provocan tanto , los gadgets, las aplicaciones etc.., sino las relaciones de poder y el uso que se hace de la tecnología por medio de los gobiernos o las grandes corporaciones. Lo que puede abocarnos a un futuro ciberpunk. Y añade: “la tecnología no avanza por un camino prefijado, depende de factores como acceso a recursos, a fondos, las luchas de poder.” Ahora el único modo que se plantea para el desarrollo es el de las grandes compañías, y que haya más  y más  emprendedores, como si no hubiese línea alternativa. Nadie piensa en como integrar la tecnología en un proyecto social y político, da igual quién gane las elecciones. Así de certero y perspicaz es el pensamiento de este gran ogro hacia los chicos de Silicon Valley.
         Anteriormente a la irrupción de tanta tecnología en los hogares  aprendías a aburrirte, hoy aprenden a aturdirse, antes aprendías a esperar, hoy a volverse impaciente, antes aprendías a esforzarte hoy en acudir al rincón del vago. Quizás hoy en día aprenden a ser multitarea, pero creo que se ha perdido lo más valioso, para el escritor David Foster Wallace: “ Internet nos roba lo más preciado que tenemos, nuestra atención”, y consecuentemente la concentración.  Así pues, una vez aturdidos por el ruido de fondo de la máquina, ha llegado la hora de saber como se suele decir, el precio de todo y el valor de nada. Cuanta razón llevaba el gran grupo musical Pink Floyd que en el año 75 del pasado siglo en su tema Welcome to the  Machine decía:
“Bienvenido hijo mío/bienvenido a la máquina/¿ Dónde has estado?/Está bien, ya sabemos dónde has estado/Has estado en la tubería, rellenando tiempo/provisto de juguetes y /actuando de Boy Scout…”
Quizás la frase que mejor resume los tiempos que estamos atravesando se la del historiador Timothy Snyder.” La fe en que la tecnología está al servicio de la libertad, facilita el camino hacia este espectáculo.” Un espectáculo que no parece tener fin.

jueves, 21 de noviembre de 2019



               La nueva jungla urbana


Al salir a la calle hay que tener verdadero cuidado para que no te afeite un patinete eléctrico, esos artilugios silenciosos, pequeños y rápidos que funcionan a modo de anfibio entre las aceras y la carretera y donde la persona solo tienen que hacer el enorme esfuerzo de acelerar. Una vez superado esto, conviene esquivar, si se puede, lo que dejan los dueños de algunos perros, pues aunque Serrat nos diga en la canción que pisar mierda nos trae buena suerte, por lo que a mi respecta solo me ocasiona algún que otro taco repetido. Después hay que tener cintura para no tropezar con los que te cruzas que viene consultando el móvil, esta situación me recuerda la canción del grupo de los años 80 Radio Futura “el futuro ya está aquí”, con la particularidad que al caminar mirando hacia abajo, nos olvidamos no sólo de hacia donde vamos, sino que además, de lo que nos vamos encontrando en el camino, casi nada. En la novela “Lágrimas en la lluvia” de Rosa Montero, en un futuro distópico no muy lejano, se recrea un  Madrid que tiene en las propias aceras pantallas incrustadas donde continuamente se emiten las próximas alertas climáticas, el clima está totalmente desbocado y es necesario estar al tanto para la propia supervivencia. Igual es que hay que mirar hacia abajo por si el peligro llega de allí y yo no me había dado cuenta, como en la película de Spielberg “ La guerra de los mundos”, basada en la novela de H. G. Wells donde las terribles máquinas extraterrestres emergen de la tierra quedando los terrícolas pasmados del miedo; pero la realidad es que como especie cuando miramos al frente, al horizonte, la vista descansa y esto sí que supuso un avance, entre otras, el tener las manos libres, aunque ahora ya, la gran mayoría está consultando la nube y muy pocos se paran simplemente a contemplar la belleza de las nubes.
Avanzo en mi paseo, y en el parque puedo ver como un grupo de unas 13 personas tanto ventiañeros como gente de cuarenta y tantos cazan Pokemons, algunos incluso con dos móviles en mano, ya se sabe que en el oeste quién llevaba dos revólveres tenía más posibilidades de sobrevivir. Al lado de este grupo, un padre le enseña a su hijo con una máquina de videojuegos cómo debe de matar mejor en el juego, el niño quiere hacerlo a su manera y el padre chupa maquinita. Siempre me ha llamado la atención la frivolidad con la que se mata en los videojuegos, unido al gran realismo que tiene, de colores, luces y sonido, una sofisticación similar al panel de un avión caza y además matando en la distancia, en definitiva, juegos de guerra para niños y para no tan niños.
Me adelanta un chico en una bicicleta con la mochila cúbica, inestable e inhumana de Glovo, y pienso que la persona que le encargó el trabajo, probablemente está en  su casa, jugando con el ordenador mientras visualiza el lugar por donde circula el ciclista que le va a traer el encargo, todo un prodigio de la tecnología para trabajos poco remunerados y peligrosos. Le adelanta una moto, que más bien parece una tómbola pues está llena de luces, es enorme y además emite una música disco que resulta imposible no mirarla, me pregunto de donde saldrá semejante engendro. Al llegar a una explanada veo a un grupo de chicas adolescentes que bailan usando un pequeño altavoz que emite la música trap, ya saben el trap viene del rap y de la mezcla con el hip hop, y su nombre proviene de trapichear con droga, vamos que es la bomba. Se mueven rítmicamente y con movimientos sexys, imitando a su gran estrella, la tal Rosalía y al pasar junto a ellas sus movimientos son aún más coordinados y su mirada más desafiante. Dejó a tras la educación artística y continuó, viendo como una madre se sonríe al ver como su hijo es capaz de mantenerse sin perder el equilibrio en la bicicleta, es una escena de una ternura indescriptible, a la par que un gorrión roba un trozo de comida a unas palomas.

martes, 24 de septiembre de 2019



                   Prometeo y Narciso en el siglo XXI
          
Existe una práctica deportiva, el crossfit, que es el ejemplo perfecto de los tiempos actuales. Pero, ¿en qué consiste el crossfit?
Es un método de entrenamiento basado en ejercicios constantemente variados, con movimientos funcionales ejecutados a alta intensidad. Se concatenan ejercicios de diversas disciplinas, tales como la halterofilia, el entrenamiento metabólico o el gimnástico. El creador del crossfit Greg Glassmann ha bautizado los ejercicios con nombres de mujeres en referencia a los huracanes americanos, y otros con héroes militares, policías y bomberos. Vamos que semeja un entrenamiento militarizado, tipo película que uno encuentra zapeando mientras bosteza, y que recuerda a las innumerables sagas de la serie Rambo y compañía.
         La actual sociedad del rendimiento es proclive a crear este tipo de deportes, como el crossfit, donde la persona se explota a sí misma, creyéndose en libertad, se encuentra tan encadenada como el mito de Prometeo, que puede reinterpretarse considerándolo una escena del aparato psíquico del sujeto del rendimiento contemporáneo, que se violenta a sí mismo, que está en continua guerra consigo mismo.” El águila que devora su hígado en constante crecimiento con su álter ego, con el cuál está en permanente guerra. La relación de Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de autoexplotacion”. Como argumenta el filósofo coreano Byung-Chul Han en su certero y elocuente ensayo La sociedad del cansancio; llegando a afirmar: “el dolor del hígado, que en sí es indoloro es el cansancio. De esta manera, Prometeo como sujeto de explotación se vuelve presa de un cansancio infinito”.
Pero además, en esta práctica deportiva es frecuente subir las fotos a las redes sociales, así como vídeos de los propios ejercicios y que se compartan y se comenten con la finalidad  de exhibirse y mostrarse, una conducta muy propia de la actual narcisismo en el que estamos inmersos como señalan los psicólogos Jean M. Twenge y W. Keith Campbell en su excelente ensayo La epidemia de Narcisismo, donde se indica que estas personas presentan una autoestima inflada y desmedida, vanidad, pues constantemente se muestran los músculos cuando practican el ejercicio y conforme van adquiriendo una mayor masa muscular o mayor definición del mismo; aquí la tecnología sirve como un enorme espejo donde exhibirse ante los demás para suscitar envidias y mostrar de lo que uno es capaz de conseguir. Pero estas personalidades narcisistas, también presentan  ciertas dificultades y frialdad en las relaciones afectivas, la búsqueda constante de atención y un interés prioritario por  los bienes materiales y la apariencia física. Si además unimos el consumo de sustancias de dopaje, el fanatismo por el control de las calorías en la dieta y los anabolizantes, tenemos el coctel perfecto para unos individuos donde el cuerpo es la cárcel del alma como decía Platón.
Sin embargo, al llevar el cuerpo hasta tal extremo de fatiga se pretende, aunque sea por unos breves momentos el desaparecer; así lo explica el antropólogo David Le Breton en su obra Desaparecer de  sí. Una tentación contemporánea. Breton utiliza el concepto de blancura como el deseo de desaparecer cuando se llega a una saturación. Cuando el deseo de transformar las cosas se torna imposible en una sociedad marcada por la velocidad, las apariencias y los convencionalismos. Es decir, por unos momentos la persona se despide de su yo provocado por la dificultad de ser uno mismo. Esta es una práctica deportiva que refleja las grandes contradicciones de la sociedad actual del rendimiento, donde el neoliberalismo impregna nuestras vidas en todos los órdenes.
El individualismo es ya solo exhibicionismo en el que todo se reduce a una cáscara bien adornada. En el extremo diametralmente opuesto de esta epidemia de narcisismo está la frase o párrafo- algo extensa, pero que merece la pena citar por completo- de Albert Einstein, con la que me identifico: “Los ideales que colmaron mi vida desde siempre son: bondad, belleza y verdad. La vida me habría parecido vacía sin la sensación de participar de las opiniones de muchos, sin concentrarme en objetivos siempre inalcanzables tanto en el arte como en la investigación científica. Las banales metas de propiedad, éxito exterior y lujo me parecieron despreciables desde la juventud.”

lunes, 5 de noviembre de 2018



                                Surfeando la memoria    

Una de las quejas que oigo con más frecuencia es: “cada vez tengo menos memoria”, y es normal que esto suceda, ahora ya nadie memoriza un simple número de teléfono, y si en una sencilla conversación uno no se acuerda con exactitud del título de un autor, una película u otro dato, rápidamente acude a Google.
La memoria de un tiempo a esta parte ha sido denostada por considerarla una capacidad innecesaria ya que parece que todo lo encontramos a golpe de click, y entonces para qué recordarlo, pero además el hecho de estar hiperestimulados no facilita que la memoria realice su trabajo. Se sabe que las series y los libros que se devoran de un tirón se olvidan más fácilmente porque no se hace trabajar la memoria de recuperación.
La clave de la consolidación de la memoria es la atención, y si no hay atención tampoco existe la concentración – también a muchas personas les cuesta concentrase- . Así pues, a mayor agudeza de la atención, más nítida será la memoria. Para que un recuerdo se pueda conservar, la información de entrada debe transformarse a fondo, profundamente.
Cuanto más usemos la Web más entrenamos a nuestro cerebro para distraerse, para procesar la información muy rápidamente y de manera muy eficaz, pero sin atención sostenida. El ensayista Nicholas Carr en su libro ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mente? Superficiales, afirma que: “A medida que el uso de la Web dificulta el almacenamiento de nuestra memoria biológica, nos vemos obligados a depender cada vez más de la memoria artificial de la Red, con gran capacidad y fácil de buscar, pero que nos vuelve más superficiales como pensadores.” Por lo tanto, si no recordamos el título de un libro, o un autor por poner un ejemplo, quizás sería conveniente algo tan sencillo y a la vez tan perdido como esperar- algo verdaderamente difícil para muchas personas- que nuestra memoria trabaje, darle su debido tiempo e incluso percibir el fenómeno de la punta de la lengua, para llegar por nuestros propios medios a esa información, y evidentemente sino conseguimos recordar acudir a consultarlo, pero no hacerlo de mano.  En definitiva, recuperar un hábito sano y muy humano y no caer en volvernos cada vez más máquinas.

lunes, 30 de abril de 2018



                    A jugar que hay que facturar



Acudir a una Cometcom ( convención juvenil de cultura y ocio alternativo) es sorprenderse por la gran cantidad de adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes que acuden, así como comprobar en situ cómo se divierte, pues normalmente el encuentro dura tres días –de viernes a domingo-. Existe un gran espacio dedicado a la venta de camisetas y merchandising, así como otro espacio dedicado a jugar con consolas. Muchas personas acuden disfrazadas de sus personajes favoritos sean estos superhéroes o personajes de ficción. Cada año este evento va adquiriendo más popularidad y alcanzando un mayor auge, pero lo que me sorprendió y es digno de mención y reflexión es que algunos chicos estaban disfrazados pero se les veía perfectamente el rostro y trasportaban un amplio cartón del tamaño de su persona donde tenían escrito: “Abrazos gratis” y al lado un número donde anotaban los abrazos recibidos. Deambulaban por todos los lugares del evento, recibía un abrazo y a continuación lo anotaban. Entiendo que los abrazos se dan a personas conocidas como una muestra de afecto y se realizan de manera espontánea, natural, pero aquí era como un anuncio virtual andante que ofrecía este servicio, y además después del abrazo no se establecía una conversación, solo se anotaba en el cartón,  con lo cuál no parecía que se buscase el conocer a personas nuevas .
En esta sociedad de la trasparencia lo que importa es la apariencia. Como explica el filósofo coreano Byun-Chul Han: “Hoy el ser ya no tiene importancia alguna. Lo único que da valor al ser es el aparecer, el exhibirse. Ser ya no es importante si no eres capaz de exhibir lo que eres o lo que tienes. Ahí está el ejemplo de Facebook para capturar la atención, para que se te reconozca un valor tienes que exhibirte, colocarte en un escaparte”. Así que más que tener habilidades sociales para saber relacionarse, lo realmente importante es que todos vean la cantidad de abrazos, a modo de un escaparate andante.
En la última película de Steven Spielberg Ready Player One, cuenta como los humanos se refugian en los videojuegos donde pasan la mayor parte del tiempo, en concreto en una prueba para conseguir tres llaves, pero hay un momento en que el protagonista reflexiona en voz en off diciendo que los humanos hace ya mucho tiempo que dejaron de interesarse por la realidad y por los problemas del mundo y han decidido refugiarse en los videojuegos. Todos juegan, pero el mundo es un lugar deteriorado, atomizado y donde abunda la soledad. Todos desconfían de todos porque son eternos rivales y competidores.
Esta digresión sobre la excelente última película de Spielberg viene al caso porque no me resulta extraño que los datos sobre adicciones estén reflejando un aumento en las apuestas deportivas así como en adicción a los videojuegos, un mundo donde escapar y refugiarse de la realidad que resulta dura y a veces frustrante y donde sólo hay una vida, para caer en un mundo donde siempre es posible reiniciar o volver a apostar, y donde si ganas hay que mostrarlo y exhibirlo, pero donde poco a poco vas alejándote más y más de la realidad. Y no estoy siendo exagerado pues en Corea del Sur un centenar de hospitales tienen servicio de desintoxicación digital para personas que quedan atrapadas entre la realidad física y la virtual, no pueden despegarse de sus dispositivos electrónicos. Se ha llegado a casos patológicos como el de un matrimonio que tuvo un bebé a la que dejaban sola todas las noches , mientras se iban a las salas de Internet para sumergirse en juegos de roles: en uno llamado Prius “criaron” a una niña virtual a la que le dedicaban más cuidados que a la de carne y hueso. Una mañana regresaron a casa y la encontraron muerta por desnutrición. Aunque este es un caso extremo, ya viene siendo habitual que adultos que estudian carreras vayan posponiendo la finalización de los estudios por la cantidad de tiempo que le dedican a los videojuegos y además contribuyen a una cierta infantilización en su personalidad. Sin embargo, la industria del videojuego y las apuestas deportivas sigue expandiéndose y todos tan contentos.


miércoles, 8 de noviembre de 2017



                          La otra cara de la gran ciudad


A la soledad se puede llegar de muchas maneras: al enfermar, por el fin de una relación, por una depresión. Y la autora Olivia Laing nos desvela -aunque en unas pocas líneas- como ella llegó tras un fracaso sentimental.
El libro ambientado en la ciudad de Nueva York, plantea como se puede estar solo en medio de una multitud; incluso  que no es lo mismo ser un solitario- vivir en la soledad- que sentirse solo. Y Olivia Laing partiendo de experimentar la soledad por su propia experiencia vital, comienza a indagar en el arte, en cómo vivieron y realizaron sus obras ciertos artistas que daban vueltas en torno al tema de la soledad.  
Cada capítulo del libro se presenta una fotografía en blanco y negro, y la primera es de Greta Garbo, cuya actividad favorita cuando se retiró del cine consistía en ir paseando sin rumbo, o a veces seguir a alguien durante un tiempo, pero siempre pretendiendo pasar desapercibida, ocultándose.
Los artistas que despertaron el interés de la autora son: el pintor Edward Hopper, Andy Warhol, Henry Dargen y David Wojnarowicz. No todos ellos residían de manera permanente en el territorio de la soledad, ni mucho menos, sino que proponían una amplia diversidad de posiciones y ángulos de ataque en torno al tema. Todos ellos, sin embargo, eran hiperconscientes del abismo que separa las personas, de cómo uno puede sentirse aislado en medio de una multitud.
Olivia Laing, no es más que una unidad en un mundo cada vez más atomizado e individualista, dentro del 45 por ciento de adultos británicos, que reconoce sentirse solo a veces o con frecuencia. En EE.UU las cifras indican que la soledad la sufre una cuarta parte de los adultos.
Las escenas urbanas pintadas por Hopper reproducen una de las experiencias centrales de la soledad: como la sensación de separación, de estar rodeado por un muro o encerrado, se mezcla con una sensación de vulnerabilidad casi insoportable. Pero además, las ambiguas escenas de sus cuadros son un testimonio no solo del aislamiento de los seres humanos, sino de la imposibilidad de conocerse los unos a los otros.
En una entrevista el propio Hopper se declara “un solitario que no es lo mismo que reconocer que se siente solo.”
Para Andy Warhol la tecnología lo liberó de la carga de tener que necesitar a los demás, así lo explica en el libro Mi filosofía, donde decía que su grabadora, de la cuál durante una larga temporada no se separaba, era su mujer. Warhol ya comprende la función mediadora de las máquinas, su capacidad para llenar el vacío emocional, adelantándose a todo lo que nos llegará después.
Resulta memorable como consigue plasmar la relación que se establece entre la activista Valerie Solanas y Warhol , así como el episodio del atentado que sufrió Warhol por parte de Valerie, y como esto lo sumió en una paranoia y aislamiento aún mayor unido a la perdida de salud.
La obra del fotógrafo David Wojnarowicz, gira en torno a la relación y la soledad, y se centra en como sobrevive un individuo en una sociedad antagónica, una sociedad que posiblemente lo prefiere ver muerto antes que tolerar su existencia. Defiende con vehemencia la diversidad y tiene una conciencia muy profunda del poder del aislamiento en un mundo homogéneo. Un hombre marcado por una infancia de abandonos, malos tratos, el mundo de la calle, y que estaba lleno de rabia y de la sensación insaciable de no ser digno de amor. David está en sintonía  con Valiere Solanas cuando decía con amargura que: “nuestra sociedad no es una comunidad, sino una simple colección de unidades familiares aisladas.”
El capítulo que le dedica a Henry Danger es memorable, ya que menciona una vida marcada por la marginalidad y las perdidas así como el escasísimo contacto humano. Danger es un artista marginal único, sin formación, ignorante, aislado y casi sin lugar a dudas víctima de alguna enfermedad mental. Su pintura es  sobrenatural, pero también escribió  un manuscrito que es la obra de ficción más extensa de la historia de 15.145 páginas donde se narra los Reinos de lo Irreal, sobre la guerra-tormenta gladeco-angeliana causada por la rebelión de las niñas esclavas. Aquí la autora da diferentes explicaciones psicológicas acerca de lo que realmente vivió este hombre en los sucesivos orfanatos, y todo el tormento que le acarreo, para al final llegar a una conclusión reveladora. La idea de una mente rota, en pedazos, es la clave de la teoría de la soledad  de la psicoanalista Melanie Klein, y Danger a lo largo de toda su vida se dedicó a crear imágenes en la que las fuerzas del bien y del mal puedan unirse en un mismo campo, en un mismo marco. Era importante para él realizar este acto de integración, de atención y de trabajo abnegado. Klein lo definió como un “impulso reparador “, un proceso en el que intervienen la alegría, la gratitud y la generosidad; puede que incluso el amor.
Un ensayo curioso e inclasificable, con una prosa ágil que ausculta la otra cara que ofrece la gran metrópoli, y donde la circunstancia personal de la autora sirvió de detonante para indagar en las trayectorias vitales de estos artistas –personajes.

miércoles, 11 de octubre de 2017



                                     Mirar para otro lado
  
Hace varias semanas, me comentaba una profesora como es habitual el que los lunes, en una clase de primero de bachiller de unos 25 chicos falten entre 7 ó 9 alumnos y que poniéndose en contacto con los padres, estos hasta los justifiquen, diciendo que salieron el fin de semana. Por un momento miré a quién me lo narraba con cierta incredulidad, y como me conoce, rápidamente me asestó: “no, no te estoy vacilando, es la verdad”, y a continuación añadió: “desde hace varios años para acá, el absentismo es hasta cierto punto algo asumido por los padres”, a lo que contesté que más bien reforzado y aplaudido por ellos.
Cualquiera con una mínima capacidad de observación puede comprobar como en los supermercados a las 7 de la tarde de un sábado, da lo mismo que se Madrid,  Vigo o Zaragoza, los adolescente hacen acopio de alcohol para beberlo en el botellón, algo tan aceptado que incluso lo llaman: “cultura del botellón”. Un problema social que no sólo no interesa solucionar, sino más bien parece que se fomenta.
Ante esta situación un chaval que sea “normal” y si por normal se entiende que aprueba todas o casi todas las asignaturas, sin grandes notas, que tenga alguna afición al margen de salir como puede ser practicar algún deporte y que además se relacione bien, es hoy en día una verdadera minoría.
Los niños de altas capacidades muchas veces pasan desapercibidos, u otras, aunque sean diagnosticados no se les atiende lo suficiente por falta de personal,  o de cómo se encuentra estructura la educación, incluso algunos terminan fracasando en los estudios. Por otro lado los frikis-  la cultura geek tan en boga a raíz de las serie de televisión de Big Bang-, los Sheldon y compañía son una minoría con cierta cultura del esfuerzo, vendría a ser los “empollones” de toda la vida, pero ya sabemos que de relaciones sociales y deportes mejor ni hablamos.
Así pues, hace unas décadas cuando existía la EGB eran una mayoría de adolescentes los que aprobaban, se sabían relacionar y además practicaban algún deporte, e incluso asistían a clase, así que algo debe de estar pasando.

viernes, 25 de agosto de 2017



                      Desde la cárcel blanca


Todavía existen lecturas que a uno lo conmueven, lo sacuden, y a la vez le permiten disfrutar del aliento poético que lo impregnan; y esto es lo que me sucedió la primavera pasada cuando leí las Memorias de un depresión de Joaquíz  Díaz publicadas en la Huerta Grande Ensayo, donde en poco más de cien páginas se narra la peripecia vital de esa cárcel blanca, como el autor la llama, a la experiencia de la depresión. Este hombre que es toda una autoridad en lo que se refiere a materia de folklore, fue quién creó la Fundación que lleva su nombre en el pueblo de Urueña (Valladolid), un lugar que merece la pena conocer. Pues bien, con un sencillo y corto prólogo de Andrés Amorós en la presentación se indica por qué escribió este libro: “por un desahogo, por si a alguien le pudiera servir de  alivio o entretenimiento, por expresarse y comunicarse, las dos funciones básicas que siempre ha tenido la literatura.”
Esta literatura a parte de valiente y honrada se debería de tener más en cuenta por parte de los profesionales de la salud mental, en particular los psicólogos clínicos,  y por aquellas personas que quieran conocer los sufrimientos y las zonas oscuras que puede tener casi cualquier vida, y más si cabe en unos tiempos en los que se vende la felicidad como algo a perseguir a toda costa.
Pero además, es conveniente resaltar que en estas memorias se encuentran vertidas verdades de la vida y sabiduría acerca de cómo paulatinamente Joaquín es capaz de salir de esa situación- esa prisión imaginaria, esa cárcel blanca- como si nos hablara o susurrara al oído su día a día, con sus noches y ciertos pormenores además de narrarnos que le llevó o precipitó a esa situación.
Además de sufrimiento, la depresión también le trajo algunas ganancias: “durante el largo padecimiento recuperé el placer de la soledad, seleccioné de forma práctica mis amistades, rendí culto a la tranquilidad.”
Más que las medicinas, le han ayudado a curarse los amigos verdaderos: esa mano amiga que sentimos cercana sin necesidad de palabras. Así pues, la química interpersonal funciona mejor que la propia química porque somos humanos, demasiados humanos como diría Nietszche.
Parece ser que de las dos veces que estuvo deprimido de la primera salió con la lectura y de la segunda le ayudó mucho también el escribir. El narrar sus sensaciones y recordar momentos agradables ya vividos le fue devolviendo poco a poco  a la realidad. Como en su momento hizo R. Burton escribiendo su Anatomía de la melancolía allá por 1.621, o William Styron en Esa visible oscuridad ( 1.985) o Vittorio Gassman en sus Memorias del sótano (1.990) por citar solo algunos.
A pesar de ser un libro corto, en él tiene cabida los recuerdos de su niñez que se alternan con acontecimientos más recientes, así como lo que supuso- evidentemente un antes y un después- la pérdida en accidente de una amiga, que más bien era un  amor no declarado, pero que se cuenta sin sentimentalismos, más para entender lo que este suceso le ocasión en su vida.
Las descripciones de los abatimientos se intercalan con ciertas mejorías, y las poesías del autor permiten dar una mayor visión de por donde transitan sus estados de ánimo y sus recuerdos. Así dice: “hoy me he levantado tarde. He demorado con delectación la hora de abandonar la cama y mientras tanto me he entregado a una apacible duermevela entremezclada con algún sueño”. Esto me recordó un episodio de una novela de Milan Kundera La inmortalidad, donde un personaje llega a decir: “el magnífico vaivén entre la vigilia y el sueño que por sí mismo ya es causa suficiente para que el hombre no lamente haber nacido”.Casi nada.
Este es un testimonio de cómo un hombre está desvinculado del mundo y focalizado en sí mismo, de ahí esa naturaleza paradójica de la tristeza: una emoción que nos vincula con el mundo y al mismo tiempo nos separa. Y el verdadero mérito está en contarlo de una forma honesta y a la vez humanamente compresible para todo el común de los mortales.