viernes, 29 de abril de 2016

Otros hábitos otros tiempos



                              Otros hábitos otros tiempos

Cuando los cines estaban en las ciudades, y no en el extrarradio, dentro de las grandes superficies comerciales, sucedía que paseando por la calle, o de camino al trabajo, o los estudios, uno podía ver los carteles de las películas varias veces antes de decidirse; su presencia dentro de la ciudad conseguía que entorno a él vivieran bares, cafeterías, pubs e incluso bocaterías o pizzerías, pero además generaba unas relaciones sociales más fluidas y fáciles, pues la propias colas del cine se hacían obviamente en la calle y así convivían y coincidían los que pasaban por ahí, de camino, con los  que hacían cola y así era más posible los encuentros casuales con amigos y conocidos e incluso por la longitud de la cola uno se detenía -aunque fuera por mera curiosidad- para averiguar que película suscitaba tanta afluencia. Además, si eras asiduo lo más probable es que quién trabajaba en la taquilla, o el acomodador, se permitían hacer algún comentario sobre la película.
La propia entrada estaba hecha de cartón y tenía cierta consistencia, con cuerpo, a veces si te gustaba la película invitaba a ser guardada por los menos durante un tiempo. Los horarios eran más humanos en sesiones de tarde y noche. Las películas estaban varias semanas en cartel de forma que no había prisa por ir a verla, e incluso dejabas que estuviera un tiempo para que algún amigo o conocido te diera su opinión y así decidirte a ir. Probablemente irías al cine caminando y te identificabas con los bares y cafeterías próximos, porque acudías a ellos antes o después del cine, e incluso podían ser el lugar de encuentro para quedar con alguien antes de ir.
Todo lo narrado hasta aquí no lo realizo desde un tono nostálgico- que quede claro-, es una descripción de lo hace unos años era acudir al cine, que tenía más que ver con un acto social y cultural que en la actualidad. Y ¿por qué? Porque los cines -pues son varias salas- donde emiten diferentes títulos, están ahora ubicados en el centro comercial, quiere decir que de entrada la presencia física del cartel ni la conoces, probablemente te enteras de lo que allí ponen a través de Internet, aunque a veces el periódico te da una información de un horario e Internet otro muy distinto. Y acudir al cine, en un centro comercial, para muchas personas es un acto que se realiza después de hacer la compra dentro del mismo centro, como actividad de relleno de tiempo, o porque ya que se está allí se va.
Cierta magia del cine murió enterrándola en las grandes superficies comerciales, pues esa fábrica de sueños ahora semeja más una pesadilla.
         Ahora al acudir a ver una película casi seguro tienes que coger un medio de trasporte, la relación con quien te expende la entrada es prácticamente inexistente, a veces no existen ni colas ya que muchas personas sacan las entradas por Internet, el trabajo de acomodador no existe y es menos probable el encuentro con amigos y conocidos que cuando el cine estaba en plena ciudad.
         La entrada se parece al tiket de la compra en formato y letra, así que muchas veces es indescifrable. Todo parece un mero acto de consumir cine. Incluso ciertas películas de buena calidad tienen menos pases y desaparecen pronto de la cartelera, a veces reduciéndolo a uno o dos pases la día. Hay más variedad de películas, pero menos cine, más abundancia y menos calidad.
         Lo que han matado ha sido parte de su magia y cierto ritual que existía al acudir a un cine en la propia ciudad. Como sostiene Gilles Lipovestsky y Jean Serroy en su ensayo: La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico: “al ser un sistema más dominado por un ánimo del lucro sin otro fin que el mismo, la economía liberal ofrece un aspecto nihilista cuyas consecuencias no son únicamente el paro y la precarización del trabajo, las desigualdades sociales y los dramas humanos, sino también la desaparición de las formas armónicas de vida, la evaporación del encanto y del gusto de la vida en sociedad, un proceso que Bertrand de Jouvenal llamaba pérdida de amabilidad”.  Porque precisamente lo que se ha perdido es la amabilidad, parafraseando la famosa frase de Blade Runner: “ yo he visto cosas que vosotros no creerías. He visto inmensas bolsas de palomitas más allá de Orión. He visto brillar pantallas de móvil y tablets en los momentos más cruciales de una película. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como el sudor en la lluvia. Es hora de reír”.
         Porque lo realmente interesante es que todo esto no parece molestar a nadie, se vive con un grado de tolerancia inimaginable.

lunes, 25 de enero de 2016

                                Un peli de terror

          El pasado mes de noviembre asistí a la proyección de la película Tiempos Modernos ( 1.936) de Charles Chaplin con la banda sonora interpretada por la Orquesta Filarmonía de Oviedo. La experiencia resultó inolvidable.
         El argumento impregnado de un  humor clapliniano, consiste en que el personaje interpretado por el genial Chaplin se encuentra extenuado por el frenético ritmo de trabajo de una cadena de montaje, donde realiza su labor de obrero metalúrgico, apretando tuercas hasta que acaba perdiendo la razón. Después de recuperarse en un hospital, al salir es encarcelado por participar en una manifestación en la que se encontraba por casualidad. En la cárcel, también sin pretenderlo ayuda a controlar un motín, gracias a lo cuál queda en libertad y una vez fuera reemprende la lucha por la supervivencia en compañía de una pobre joven huérfana a la que conoce en la calle. La acción se desarrolla en la depresión de 1.929.
         No conozco ninguna película que refleje de forma tan fidedigna el sistema taylorista de trabajo. En el célebre tratado de Taylor de 1.911 Los principios de la administración científica, el propio Taylor contrató a un  grupo de obreros de la fábrica, los puso a trabajar en varias máquinas metalúrgicas y registró cada uno de sus movimientos. Al dividir cada tarea en una secuencia de pasos creó un conjunto de instrucciones- lo que hoy llamaríamos algoritmo- para optimizar la forma en que cada obrero debía desempeñar su trabajo.
         Se buscaba la máxima velocidad, la máxima eficiencia y el máximo rendimiento, lo que se llamaba el taylorismo.
         Ahora gracias al poder que ejercen los ingenieros informáticos y lo programadores de software sobre nuestras vidas intelectuales y sociales, la ética de Taylor más de cien años después sigue vigente, con la particularidad que su ámbito de reinado es sobre nuestras mentes.
         Internet es una máquina diseñada para la recogida, transmisión y manipulación eficiente y automatizada de información. El objetivo es sacar los usuarios muy rápidamente ( un Chaplin actual haría clic continuamente ). Todas las decisiones de diseño se basan en esta estrategia.
Los beneficios de Google están ligados directamente a la velocidad con que las personas consumen información, como afirma Nicholas Carr en su excelente libro ¿ Qué está haciendo Internet con nuestras mentes ? Superficiales .
          Cada clic que hacemos en la Web marca un descanso en nuestra concentración, una interrupción de arriba abajo en nuestra atención y redunda en el interés económico de Google.  Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada, o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica literalmente a convertir nuestra distracción en dinero. Y sin embargo una de las mayores quejas que hay desde los sectores de la educación y desde las consultas de psicología tanto en niños como adolescentes es las dificultades de concentración que existen. Incluso desde la más tierna infancia la publicidad insiste machaconamente en la fantásticas tablets para niños que todavía no hablan. La perversión del sistema llega hasta estos extremos. En vez de tocar, manipular y palpar directamente los objetos, se opta por que los vea y los manipule a través de una pantalla. La taylorización comienza ya en los primeros años del desarrollo infantil.
         La tecnología ha conseguido algo insólito en la historia de la humanidad, que los niños jueguen sin que participe su cuerpo.
         Es la última vuelta de tuerca de una cultura que hace tiempo escindió el alma del cuerpo, el cuerpo de la mente, el espíritu de la materia y la humanidad de la naturaleza y sus leyes.

         Por lo menos en la película de Chaplin se engrasaba y estaba sucio de pies a cabeza, además de conocer la cárcel, el hospital, el vagabundeo y los márgenes de la sociedad. Si hoy, ochenta años después, se hiciera una película similar de los tiempos que vivimos, sería muy difícil que fuese de humor, más bien pertenecería al género de terror de serie B.

martes, 6 de octubre de 2015

                       Tiempos oscuros

Casi todos los amigos o conocidos que tengo trabajando en educación, se quejan fundamentalmente de la cantidad de burocracia a la que se tienen que enfrentar en su labor docente, y de los problemas de disciplina del alumnado. Si unido a esto, añadimos el que los planes de estudio cada cierto tiempo cambian en la dirección de suprimir horas de la signatura de filosofía, para añadir a la asignatura de religión, el recortar horas en educación musical y en plástica, el cóctel es perfecto para crear ese hombre unidimensional que también describió H. Marcuse allá por 1.965, un individuo eminentemente práctico, técnico, este sistema daría lugar, según el autor, a un universo unidimensional, con sujetos con "encefalograma plano", donde no existe la posibilidad de crítica social u oposición a lo establecido. Es de sobra conocido el que médicos o ingenieros recién licenciados se vanaglorian de no haber leído jamás una novela, como si esto fuera un motivo para enorgullecerse, cuando más bien es preocupante.
Se supone que la educación integral del niño va encaminada al desarrollo de todas las capacidades para hacer de él un ciudadano responsable, libre etc…que le permita desenvolverse en este mundo globalizado del siglo XXI que nos ha tocado vivir, pues bien, la filosofía como decía el escritor Luis Landero en un artículo que deberían leer todo político, sirve: “para defendernos de las banalidades y desenmascarar los discursos baratos, tramposos y fatuos de la mayoría de los políticos.” En definitiva, constituyen un arma sumamente eficaz para poder tener una opinión crítica frente a este mundo, sus injusticias y también poder razonar con mediana claridad, entre otras muchas cosas, casi nada.
En cuanto a la educación musical se refiere, en este bendito país, esta asignatura siempre se la considerado más bien de segunda, una maría y pocas personas tocaban un instrumento hace unas décadas. Evidentemente también se puede vivir bien sin haber escuchado a Beethoven con la debida atención, y además no leer ninguna novela, pero curiosamente cuando un niño siente la música se pone en movimiento, percibe ritmo, manifiesta alegría- algo que no se siente en nuestra calles, ni nuestras ciudades-, si hasta las canciones de cuna poseen la función de calmar, tranquilizar al niño, y además de trabajar la memoria, la atención y la concentración. La música nos aproxima a la parte espiritual del hombre, incluso se puede decir que todas las ceremonias o rituales importantes están impregnados de la música.
La neurociencia tan en boga en la actualidad, ha descubierto hace tiempo los beneficios para el sistema nervios de escuchar a Mozart, pero sin la necesidad de acudir a lo que la ciencia descubre y afirma basta con oír al escritor Kurt Vonnegut: “la música hace que casi todo el mundo disfrute la vida más de lo que la disfrutaría sin ella.” Capaz de cambiar los estados emocionales del hombre, quién no se animado en un mal día cuando escucha una determinada música.
Pero además, antes de escuchar hay que estar previamente en silencio, y ese silencio  indica una disposición previa, una apertura y
respeto hacia lo que va a venir, aprendiendo a estar quieto y en silencio, dos aspectos básicos y necesarios en la educación.
En cuanto a la educación plástica se refiere también se la ha considerado una maría, pero constituye una actividad que permite el que se trabaje con el  “yo observante”, que quiere decir esto. El psicólogo Russ Harris lo explica así: “el yo observante es distinto del yo pensante. El yo observante no piensa, es esa parte de ti, encargada de la concentración, la atención y la consciencia. Aunque pueda observar o prestar atención a tus pensamientos, no puede producirlos.
Imagínate que contemplas una puesta de sol extraordinaria. Hay momentos en los que no haces más que mirarla. Tu mente está tranquila, no discurren pensamientos por tu cabeza, simplemente registras los muchos colores del espectáculo que tienes ante tus ojos. Esta vez el que está manos a la obra es tu yo observante: está observando, no pensando.
Entonces interviene tu yo pensante: - vaya, mira cuantos colores. Esto me recuerda esa puesta de sol que vimos el año pasado durante las vacaciones. Ojala tuviera mi cámara. Es tan bonita, parece sacada de una película-. Cuanto más atención le preste tu yo observante a los comentarios del yo pensante, más perderás el contacto directo con esa puesta de sol.” Pues bien, cuando un niño se concentra en el dibujo o la pintura que realiza y se le ve enfrascado, concentrado y que además disfruta, está interviniendo ese yo observante, que además le permite descansar su mente de otras actividades académicas, aprendiendo a observar se abre la puerta para llegar a contemplar y por lo tanto fluir con la actividad, se produce la ruptura con el tiempo lineal y sentimos que el tiempo ha pasado más deprisa; de ahí que muchas personas comentan, adultos y niños: “cuando pinto me relaja” o “parece que está en Babia cuando se pone a dibujar.”
Como decía el psicólogo soviético L. S. Vygotsky en la obra La imaginación y el arte en la infancia: “es precisamente  la actividad creadora del hombre la que hace de él un ser proyectado hacia el futuro, un ser que contribuye a crear y que modifica su presente.”
Quizá, lo que realmente le interesa a los que nos gobiernan es crear individuos sin capacidad crítica, ni cultura o sensibilidad artística, para que sean futuros consumidores pasivos y dóciles, fáciles de dirigir y que estén tiranizados por la pluralidad de objetos de consumo y en perpetua rivalidad entre ellos, para que así el sistema esté bien engrasado y continué funcionando.
Suscribo lo que Luis Landero decía: “diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así. No de otro modo se puede interpretar el desprecio y la saña con que nuestros gobernantes persiguen las humanidades en las escuelas y a la ciencia y a la cultura allá donde se encuentre. Como si hubieran recibido de ellas una afrenta que hay que vengar y reparar.”


lunes, 14 de septiembre de 2015

                                   Estampas urbanas
        

Mientras espero en el andén la llegada de un tren que viene con retraso, observo como un niño de seis u ocho años a lo sumo, se acerca hasta el límite o borde de la vías, provocando la reacción en su madre que sin dejar de mirar el móvil y pulsarlo le grita, riñéndolo; acto seguido el hijo sale corriendo alejándose de las vías y se pone al lado de la madre, que por su puesto continúa whasapeando o lo que haga con el móvil. Pasan unos instantes y el niño vuelve a las andadas acercándose a las vías del tren aún más, el grito de la madre hace que la miremos casi todos los que estamos esperando, salvo claro está los que están dentro de sus respectivas pantallas. El pequeño infante vuelve al lado de su madre, pero lo más curioso es que la madre se enfadó, le riñó y mientras lo hacía no lo miró a la cara, sino que continuaba a lo suyo.
Esta madre no se percataba de que su conducta contribuía a reforzar el comportamiento de llamada de atención del niño, a la vez que era incapaz de establecer un mero contacto visual con él, cuando algo verdaderamente importante había sucedido.
Muchos comportamientos de  niños y de  adolescentes incluso, tienen la finalidad de llamar la atención de los padres, sin embargo, detrás de muchos diagnósticos de niños supuestamente hiperactivos o con conductas disruptivas lo que en realidad hay es una dejadez o desatención de las funciones de los padres. Esto es conveniente decirlo a pesar de que resulte políticamente incorrecto, pues lo que hay detrás de regalar tanta tecnología a los niños, para que estén entretenidos, el que pasen horas y horas pasivamente ante las pantallas, o el que tengan actividades extraescoles todos los días de la semana más bien parece que sea para que los padres no pasen tiempo con ellos simplemente jugando. Pues en realidad el mejor juguete que tienen lo niños son sus padres. Sin embargo, aquellos niños que no soportan ese ritmo de actividad, y empiezan a no ser dóciles pronto se les colgara el sambenito de que tienen un problema, y tendrán que tomar medicación, cuando en realidad lo que habría que ver es por que el niño se comporta así y que está manteniendo el problema. Así el problema es del niño y no de la forma de educar que tienen los padres.

El niño crecerá definiéndose como que es hiperactivo, tomarán medicación y se creerá problemático cuando en realidad los niños por su propia naturaleza son inquietos, exploran el entorno, tienen conductas que entrañan cierto riesgo y eso es lo que les permite desarrollarse y crecer sanamente siendo eso, simplemente niños.

viernes, 24 de julio de 2015

                                Una constante

Cada cierto tiempo, vuelvo a ver ciertas películas de cine negro clásico, sólo por el mero placer estético del blanco y negro, y porque en ellas, a veces, encuentro más verdades que arenas en una playa. Así pues, la primera vez que vi Senda tenebrosa no debí prestarle toda la atención que se merecía, pero esta última vez me cogió con la guardia baja y el golpe surtió efecto. Esta cinta creada en 1947 por el director  Delmer Davis narra como un hombre ( Bogart) que ha sido injustamente encarcelado por el asesinato de su mujer escapa de la prisión con la intención de probar su inocencia. Una atractiva desconocida (Bacall) le presta ayuda, porque su padre también fue víctima de un error judicial.  
Ambientada en el San Francisco de los años 40, no conozco ninguna otra película en la que tanto se hable de soledad en el sentido amplio del término. Así, el personaje que interpreta Bogart le pregunta a Irene Janse ( Bacall) una vez que se encuentran en su casa, si ¿no se siente muy sola aquí? A lo que ella le contesta que se siente sola desde que nació. Curiosa respuesta de cómo se las gasta la desconocida que le ayuda.
Pero además, un taxista y un policía se quejan de su soledad en la gran urbe, donde la desconfianza y el individualismo están presentes a lo largo de todo el film. Incluso personajes bastantes secundarios dan muestras de sentirse abatidos y solos, como cuando dos desconocidos en una parada de autobús entablan un diálogo que dice así: “ así es la vida, una batalla campal desde el principio. A nadie le importa un bledo lo que le pase a los demás. Hubo un tiempo en que los hombres se echaban una mano”. La mujer, que escucha con atención la aseveración y dureza de las frases  le contesta en la misma frecuencia: “a veces me siento muy cansada, completamente harta, sin ninguna ilusión por nada”. Cuantas veces escuche esto mismo en la consulta. A lo que el hombre le dice: “usted tiene a los niños, yo no tengo nada. Oiga algo sí tenemos en común: la soledad”.
Sin embargo, el protagonista que es el que más problemas tiene y el que más sufre, no se queja de su gran soledad. Quizás el director quiso remarca esta situación.
Si damos un salto, del mundo cinematográfico al ámbito literario, la novela del gran escritor Michel Houellebecq Ampliación del campo de batalla de 1.999 expone los problemas de soledad e incomunicación en una sociedad altamente tecnológica. Ambientada en el París actual, nuevamente la ciudad como contexto que favorece el anonimato y la desconfianza entres sus habitantes.
Las reflexiones y frases del protagonista son bastante  elocuentes, como por ejemplo: “no veo a nadie los fines de semana, ordeno un poco, me deprimo amablemente”.
 “Si las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, es por la multiplicación de los grados de libertad.”
 “Por la noche llamo a SOS amistad pero está comunicando, como siempre en período de fiestas.”
El protagonista ingresa en un psiquiátrico y poco a poco empieza a tener la impresión de que toda aquella gente –hombres y mujeres- no están trastornados en absoluto, sencillamente les falta amor.
Una novela cargada de verdades y sabiduría pero que muestra el lado menos amable de la sociedad actual.
He escogido dos ejemplos: uno del mundo del cine y otro del ámbito literario, para mostrar el eterno tema existencial de la soledad, y porque es una de las quejas que con más frecuencia escucho por parte de los pacientes.
Aunque también habría mucho que decir de los beneficios que puede llegar a aportar una soledad buscada, como sostiene el psiquiatra Anthony Storr en su libro La soledad.


miércoles, 10 de junio de 2015

                     El poder de la resistencia humana



La edición en castellano del último libro de Irvin D. Yalom Criaturas de un día, (editorial destino, 2.015), presenta una portada de pompas jabón iridiscentes que flotan sobre un fondo negro, algunas están a solas, y otras en contacto. Permítaseme contar la anécdota que me sucedió, pues una vez que compré el libro me senté en una terraza y mientras observaba la portada otras pompas de jabón reales flotaban en el aire cercanas al libro, y es que a pocos metros una niña estaba haciéndolas con el consabido juguete, así unas duraban un mayor tiempo y otras estallaban nada más ser creadas, pero todas brillaban a la luz de sol con auténtica belleza. Me giré hacia la niña y ambos nos intercambiamos unas sonrisas. No quise ponerme jünguiano y acudir a la sincronía del suceso, sino que contemplé la situación como una mera casualidad y comencé su lectura.
El libro consta de la historia de diez pacientes que solicitan la ayuda del psicoterapeuta y escritor Irvin Yalom – y señalo la faceta de escritor- porque gran parte de los pacientes conocen su obra, tanto las novelas como los ensayos. Esta situación facilita en parte el trabajo de la psicoterapia, debido al nivel previo de conocimientos; pero además, presentan la particularidad de sólo poder permitirse una consulta por motivos económicos y de distancia, o bien unas pocas, tres o cuatro, por problemas graves de salud, esto contribuye a que las narraciones de las historias tengan un gran interés para el psicólogo clínico.
El autor que con 82 años todavía se mantiene activo en la práctica de la psicoterapia, sitúa al lector en la tesitura de que el propio terapeuta también debe afrontar los dilemas humanos.
Asistimos a situaciones verdaderamente difíciles que las personas deben de afrontar, como cuando no pueden más por las pérdidas sufridas,   los problemas de salud, o por no dar sentido a sus vidas, entonces se quedan atascadas o varadas del flujo de la vida y ahí solicitan la ayuda.  Entonces es cuando resplandece al verdadero arte de la terapia de Yalom , pues como él dice en Psicología y literatura (Paidós, 2.000): “ el arte de la psicoterapia tiene en mi opinión un doble significado: es un “arte” en tanto la ejecución  de la terapia, requiere el uso de facultades intuitivas que no derivan de los principios científicos y es “arte” en el sentido keatsiano, en tanto que establece su propia verdad trascendiendo el análisis objetivo.”
El primer caso, es el de un escritor octogenario que perdió a su profesor y antiguo amigo y solicita sólo una sesión. Lo que en un principio podría parecer más bien un duelo crónico, es en realidad: “ que necesitaba un testigo de cierta envergadura y yo había sido elegido para cumplir ese papel. Este hombre se sentía demasiado frágil para aceptarlo en soledad.”
En la segunda narración, nos presenta a un joven  seguro de sí mismo y triunfador, que ante una pérdida importante se activan las pérdidas sufridas en el pasado. El suicidio de un compañero y amigo del trabajo provoca en él un estado de crisis que acude en busca de ayuda.
Los diálogos aquí mantenidos sobre el sentido de la vida son eminentemente filosóficos, pero además nos muestra las dudas e incertidumbres de su trabajo, demostrando una vez más valentía y sabiduría. Incluso el mismo Yalom, en un acto de auto-revelación al paciente habla de su propia muerte con estas palabras: “ en mi caso la desaparición de las pasiones juveniles a veces tiránicas, me han hecho apreciar con mayor intensidad los cielos estrellados y todas las maravillas de estar vivo, maravillas que en otro tiempo pasaba por alto. Tengo más de ochenta años y le diré algo increíble: nunca me he sentido mejor, ni más en paz conmigo mismo. Sí, sé que mi existencia está llegando a su fin, pero el final ha estado siempre allí, desde el comienzo. Lo que es diferente ahora es que valoro los placeres de la mera consciencia…”
Todos los casos aquí presentados están teñidos por los dos grandes retos de la existencia: el tener una vida significativa y cómo manejar el inevitable final. Pero, como añadido y característica esencial que atraviesa todo el libro está la condición efímera de la existencia humana, no en vano la cita con que se abre el libro es de Marco Aurelio sus Meditaciones: “ Somos todos criaturas de un día, tanto el que recuerda como el recordado…”
La lectura de los casos resulta amena, y a veces, parece que estamos ante una novela,  por que la carga dramática de las vidas aquí mostradas poseen el aroma de las novelas; considero que es necesario destacar esta cualidad del libro porque los sufrimientos narrados resultan verdaderamente conmovedores, incluso más allá del interés clínico. La realidad que siempre supera la ficción aquí se cumple en el mayor sentido de los términos.
En la cuarta narración, nos adentra en el territorio de las casualidades y del entrecruzamiento de las vidas y situaciones. Es aquí, donde el autor, una vez más, demuestra como el interés genuino que el terapeuta muestre por el paciente resulta absolutamente imprescindible, llegando a decir: “ los terapeutas buscamos fervientemente la precisión en nuestro trabajo y aspiramos a ser empiristas bien afinados que intentan ofrecer arreglos precisos a los elementos rotos en la historia de apegos en nuestros pacientes. Pero la realidad de nuestro trabajo no se corresponde con ese modelo, y con frecuencia nos encontramos improvisando mientras tropezamos juntos con nuestros pacientes camino de la recuperación. Antes esa imprecisión me exasperaba pero ahora, en mis años dorados, silbo suavemente mientras me maravillo ante lo complejo e imprevisible de comportamiento humano y del pensamiento humano. Lo único que he llegado a saber con seguridad es que si puedo crear un entorno genuino y afectuoso mis pacientes encontraran la ayuda que necesitan, muchas veces de formas maravillosas que jamás habría podido predecir o imaginar.” En síntesis lo que cura es el vínculo, luego vendrán las técnicas como sostiene en el libro El Don de la terapia, que por cierto nunca me cansaré de recomendar.
Un aspecto que me llamó la atención, es la falta de índice, que haría más fácil la búsqueda de cada capítulo, pero salvo esta crítica no hecho nada en falta. En definitiva, volver a leer a este autor es acudir a un manantial donde uno siempre capta nuevos matices de las relaciones terapéuticas, donde por cierto, también hay ciertas pinceladas de humor bastante bien dosificadas que permiten aligerar tanta dureza. Y precisamente por ser criaturas de un día, estaría bien tenerlo más presente y de vez en cuando, contemplar el brillo de cada vida.


viernes, 13 de febrero de 2015

               De ruta por los diferentes infiernos

En el año 2.001 el National Book Award, como se le conoce en Norteamérica al premio al mejor libro de no ficción, fue para El Demonio de la Depresión de Andrew Solomon. Este libro es todo un atlas de la depresión, iniciándose con el propio episodio que vivió el autor y avanzando a lo largo de más de 600 páginas donde se abordan desde los tratamiento más frecuentes, hasta las alternativas más curiosas, pasando por las diversas formas de afrontar las crisis en países tan diferentes como Camboya, Senegal o Groenlandia. Aborda el problema desde una perspectiva tanto personal, como científica, pero además cultural y de ahí ese carácter de atlas.
Solomon comenta al inicio del ensayo que tardó cinco años en escribir el libro, y que esto le permitió conocer a personas muy distintas, así como las diferentes formas que adoptaban  para luchar contra sus demonios. Es conveniente tener en cuenta que en inglés el libro se titula: “The noonday demon”, los demonios del mediodía una metáfora usada desde la Baja Edad Media para designar lo que desde el Renacimiento sería la melancolía y en nuestra época la depresión.
En 1.991 el autor perdió a su madre, rompió una relación afectiva y volvió a vivir en EE.UU, sin embargo el derrumbe sucedió en 1.994, y como muy bien explica, lo contrario a la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad; la incapacidad para las tareas más cotidianas como el simple acto de preparase la comida, darse una ducha o contestar a las llamadas que amigos y familiares dejan en el contestador, puesto que incluso las actividades más sencillas resultan difíciles de realizar. Llegando a ese punto cero de activación y teniendo que ocuparse su propio padre de él, Solomon comienza a tomar antidepresivos y asistir a terapia (conviene aclarar que el padre de Solomon, es el presidente de una fabrica de productos farmacéuticos) en concreto a hacer psicoanálisis, donde resulta curioso que se compromete con la psicoanalista hasta que se termine de psicoanalizar a pesar de encontrase bien.
A lo largo del libro se va desvelando la relación edípica que mantenía con su madre, así como los conflictos que le causaba una homosexualidad no asumida. Todo esto va entretejiéndose  a la par que se adentra en las sucesivas recaídas que le provocaba sus estados de ánimo, así como su completa y definitiva recuperación.    Hay que destacar que este libro tan documentado ( tiene 130 páginas solamente de notas, ya solo esta parte es propiamente un libro ), y sin embrago, ha sido objeto de críticas como en el blog de la psicoanalista Alice Miller que realiza un incisivo ataque a la obra y a Solomon. Alice Miller la psicoanalista dice: “lo que necesitamos es más profundidad, no amplitud; más profundidad en lo que causó los diversos episodios depresivos del autor.” Las causas de las perturbaciones mentales están en el núcleo de la psique, no en la superficie que un erudito atlas puede explorar, continua Alice Miller.
Para Miller sería recomendable que Solomon practicase la terapia Forward, que recomienda al adulto deprimido que lea una carta vindicativa a la difunta madre en frente de su tumba- esto también tiene mucho de ritual- a fin de alcanzar la paz interior.
Pero además, las críticas por parte de esta psicoanalista a la obra de Solomon van en la dirección de no reconocer el factor placebo que poseen los antidepresivos, así como los tranquilizantes.
Unas críticas que es necesario traer a colación, pero que también es conveniente indicar que proceden desde la postura de una psicoanalista.
En un vídeo de Internet, el autor Solomon habla a lo largo de unos veinticinco minutos del sufrimiento, la incomprensión e incluso de la sabiduría que se puede extraer de haber padecido depresión. Llega a decir que: “si me dijeran que tengo que estar deprimido todo el mes que viene, contestaría: como sé que terminará en noviembre, lo puedo lograr, pero si me dijeran: vas a padecer ansiedad grave todo el mes que viene, preferiría cortarme las venas antes que pasar por eso. La sensación que tenía constantemente se parecía a cuando vas caminando y te tropiezas te resbalas y el suelo se te acerca a toda velocidad, pero en vez de durar medio segundo, duró 6 meses. Es la sensación de tener miedo todo el tiempo, pero sin ni siquiera saber a qué le tienes miedo.”
Para él la depresión es el secreto familiar que todos tenemos, y llegar a decir esto demuestra valentía y búsqueda de la verdad. Continúan sus declaraciones llegando a decir que:” la cuestión no es tanto encontrarle un gran sentido a la depresión. Se trata de captar ese sentido y de pensar cuando viene otra vez: va a ser horroroso pero voy a aprender algo de esto. Con mi propia depresión he aprendido lo fuerte que puede ser un sentimiento, más fuerte que los hechos reales, y descubrí que esa experiencia me permitió tener sentimientos positivos más intensos y claros, lo contrario de la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad y en estos días soy vital, incluso en los días en que estoy triste”.
“Sentí un funeral en el cerebro y me senté al lado de los colosos en el fin del mundo y descubrí algo dentro de mí que debía llamar alma, que no había podido definir hasta ese día hace veinte años, cuando el infierno me cayó por sorpresa. Creo que mientras odiaba estar deprimido, o que pudiera deprimirme de nuevo, encontré la manera de querer a mi depresión. La quiero por que me obligó a buscar la dicha y a aferrarme a ella. La quiero por que todos lo días decido, a veces con valentía y otras con lógicas inesperadas aferrarme fuerte a los motivos para vivir. Y esa me parece es una alegría enorme y privilegiada”.
         Un párrafo que encierra mucha fuerza y sabiduría a cerca de la depresión y la vida.
Simplemente añadir que la dedicatoria del libro El demonio de la depresión me llamó la atención pues dice: “A mi padre, que me dio la vida no una, sino dos veces”, una elocuente dedicatoria y más si cabe por que el siguiente libro que publicó el autor en el 2.014 se titula: Lejos del árbol. Historias de padre e hijos que han aprendido a quererse.