lunes, 29 de mayo de 2017



                                   Y así nos va

Hace varias semanas, mi madre me volvió a contar por novena vez- o así-, la anécdota que le ocurrió cuando iba a llevar a su nieta a clases de taekwondo. De camino al gimnasio, se encontró con un adolescente que se colgaba de la rama de un árbol joven,  al ver la situación mi madre le dijo: “no ves que lo vas a romper”, e inmediatamente y sin inmutarse lo más mínimo le soltó el elemento en cuestión: “que quiere que la rompa a usted señora”; mi sobrina apretó la mano de su abuela, y entonces mi madre le soltó varias frases contundentes al sujeto, logrando ponerlo en su sitio. Esta situación, más allá de la anécdota, refleja la crisis de autoridad que se vive, donde ya casi no es noticia que un alumno se vuelva contra el profesor, o que un hijo atemorice a los padres, no en vano el programa de televisión Hermano mayor estuvo - y creo que sigue- durante mucho tiempo abordando casos, donde la falta total de autoridad de los padres ocasiona que su hijo esté consentido y se haga con el poder de la familia, invirtiendo las relaciones familiares. Las personas mínimamente sensatas se quejan que todos lo fines de semana se deteriora el mobiliario urbano: papeleras y bancos destrozados, pintadas en paredes y portales, botellones donde nadie hace por poner una solución; se filma en móvil como una joven estudiante es víctima de la paliza que le propinan otras compañeras, algo que hace varias décadas era impensable hoy ocurre a pesar de que se supone que hay más educación. No veo educación cívica por ninguna parte, más bien ciudadanos y bárbaros que conviven en un mismo espacio. La pregunta es ¿por qué no hay más jueces como Emilio Calatayud?
No pretendo ser un pesimista respecto a la situación de la adolescencia, sólo me acerco a averiguar que está pasando. Para mí vivimos en unos tiempos tan blandos y donde lo políticamente correcto inunda tanto el lenguaje como los comportamientos y con ello los castigos, que hace tiempo que se a perdido el sentido común- el más escaso-, y donde cualquier muestra de firmeza o dureza es tomada como sospechosa de fascismo.
No hace mucho, paseando por una ciudad ví una pintada en un edifico nuevo, en concreto en la puerta del garaje que decía: “Estamos realizado una fachada artística, por favor abstenerse de hacer grafittis”. Menos mal que el humor sigue bastante presente.

jueves, 4 de mayo de 2017



                                 Sin motivo aparente


Hay personas que tienen una vida en la que supuestamente no les falta de nada, pero aún así se encuentran mal- desanimados, infelices- cada cierto tiempo experimentan episodios de angustia o ansiedad, pero no logran entender a que se debe, y además ocurren con más frecuencia e intensidad en el tiempo. No entienden que la ansiedad o la angustia o la apatía prolongada son señales que les están indicando que “algo” va mal en sus vidas, y a veces, en lugar de entender que les está diciendo esas emociones, prefieren callarlas con el alcohol o psicofármacos, tapando momentáneamente o a corto plazo el problema principal y agravando la situación.
Muchas veces, el tener demasiados compromisos sociales o familiares y no saber decir que no a tiempo (como decía un amigo: estoy sometido a un bucle de compromisos sociales de los cuáles me es imposible salir) genera el que uno está permanentemente volcado en los demás; y el atreverse a decir no ocasiona que a familiares o amigos les parezca mal. Si además, la persona tiene un trabajo que sólo le sirve para estar a flote, donde no se siente realizado y el ocio es para recuperarse del trabajo y la familia, tenemos los condimentos necesarios para que la persona se encuentre mal. El atrever a preguntarse que desearía hacer con su vida, es un primer paso para dejar de autoengañarse, pero es necesaria cierta valentía y estar abierto a cambiar. “Que la vida iba en serio/uno lo empieza a comprender más tarde”, dijo en Las personas del verbo Jaime Gil de Biedma.
La contradicción entre lo que se posee y lo que verdaderamente se necesita, entre las expectativas personales y la realidad, dan lugar a continuas frustraciones de las que es necesario escapar. Recuerdo la magnífica película de Sam Mendes American Beauty donde el protagonista interpretado por Kevin Spacey dice:
 “ lo  peor de todo no es que de hecho las cosas vayan mal, sino el no darse cuenta de cuándo empezaron a ir mal, de en qué momento las líneas maestra de la felicidad empezaron a quebrarse”.
Se puede decir que la vida que tiene sentido es la de aquel hombre que ha ganado la libertad suficiente como para poder discriminar lo importante de lo insustancial, habiendo aprendido con ello a saborear la belleza de “las pequeñas cosas”.
En el libro: Cine con sentido. Escapando de Matrix, de Javier González y Laura Díaz  se afirma respecto a la película anteriormente citada American Beauty, pero que vine al caso para las situaciones que al principio de este artículo hablaba que: hay un simple pero trascendental paso que separa la actitud del hombre-autómata, incapaz de construirse como verdadero protagonista de su vida, de la del hombre libre que encara su travesía vital sin dejar engatusarse por sucedáneos, por falsas apariencias, por las estúpidas lucecitas de la sociedad de consumo, por las ideologías ajenas que hipotecan nuestra felicidad y nos alejan de las verdaderas fuentes del sentido, tan cercanas a nosotros y tan ocultas. Sólo de esa manera el “vivir” adquiere un sentido, cuando menos tolerable, sólo así la vida puede llegar a ser algo valioso. “ La vida no debe ser una novela que se nos impone, sino una novela que inventamos”, dijo Novalis.

lunes, 9 de enero de 2017



  Digitalizando y todos contentos


Al sacar el billete del Alsa, uno se pone a la cola con la suficiente paciencia acumulada como la de un chino, y una vez que eres el penúltimo, oyes al que ahora está en la ventanilla decirle al que despacha los billetes -que como es que está él solo y el resto de las nueve ventanillas están cerradas o vacías-. El que despacha le contesta: que puede hacer él. Mientras yo no digo nada, ni pienso, sólo observo y espero que me toque, saco el billete y veo que hay tres máquinas expendedoras de billetes, una averiada y en las otras dos, una persona parece que está realmente enfadada con la máquina, la otra está vacía de humanos y emana una frialdad similar a la de Putin cuando hace las ruedas de prensa.
Me pregunto cómo se pudo llegar a la situación de 10 ventanillas y sólo una útil, más 3 máquinas y una cola bastante larga y que además no se haga nada al respecto. Todo apunta a que las máquinas sustituyan al único expendedor de billetes, así en las grandes superficies ya existen varias cajas automáticas y cuando terminas la compra, un señor con traje y porte de cierta autoridad te indica que por favor pases por las cajas automáticas, sino quieres evidentemente vas a una caja-humana, pero el tipo del traje que en realidad hace su trabajo te mira con cierto aire gansteril.
La mayor parte de las personas pasan más tiempo con el teléfono móvil que acariciando a su mascota, y por supuesto que tocando a otro ser humano, y además se ve cómo algo completamente normal.
Los médicos de atención primaria miran las pantallas de los ordenadores más que la mirada de sus pacientes, a pesar de que se sabe que la mirada es el espejo del alma, y pobre del médico que no esté formateado en este modelo.
Que el móvil te sirva de alarma y que te avise con su agenda cuando tienes que ir al dentista, o cuando llamar a un familiar es muy cómodo, pero esto está contribuyendo a que una de las quejas más frecuentes – a parte del problema principal por el que acude una persona al psicólogo-  es la falta de memoria. Si tenemos la musculatura de los brazos floja, bastará con unas pesas y cierta constancia para que en un tiempo notemos más fuerza en nuestros músculos. Pues bien, si la digitalización cada vez está más y más presentes en casi todos los ámbitos en los que nos desenvolvemos día a día, probablemente no sólo perdemos memoria y atención pues como decía el escritor David Foster Wallace “ Internet nos roba lo más preciado que tenemos, nuestra atención” sino que las futuras generaciones de jóvenes sepan como usar su memoria y su concentración, con lo cuál manipular a la población, dirigir su atención hacia las trivialidades está siendo cada vez más fácil. Pero además, esto está contribuyendo a la pérdida de puestos de trabajo y de formas de vida más sensatas y justas, donde la empatía cada vez más es un mero emoticón y donde  la uniformidad de formas de vida parece ser que es lo único importante.
Mientras todos contentos porque se pueden sacar las entradas por Internet,  y además puedo realizar todo desde la pantalla de mi móvil y sin tener que ver a nadie. Yuppi!

miércoles, 14 de diciembre de 2016



El solitario del desierto
Una temporada en los cañones
Edward Abbey

Siempre me han interesado los personajes o personas que huyen de la civilización y acuden a la naturaleza: las montañas, los mares o los desiertos, para así aprender más de sí mismos, y mejor si dejan un testimonio de sus experiencias. Y digo personajes por recordar ahora mismo la excelente película de Sidney Pollack Las aventuras de Jeremías Johnson de 1.972 sobre la que en su momento reflexioné sobre ella y escribí al respecto. En ella, el personaje principal interpretado por Robert Reford huía a las montañas, en busca de una nueva vida y lo único que sabíamos de él, era que venía de una guerra y no quería volver a vivir en una ciudad.
Pues bien, al comenzar a leer este libro: El solitario del desierto, con subtítulo – una temporada en los cañones-, es bastante inevitable el que se active todo el gran imaginario que poseemos de las películas del oeste o de vaqueros; la majestuosidad de los paisajes semidesérticos y el desierto, pues la narración se desarrolla en el Gran Cañón del Colorado, en la esquina donde confluyen los estados de Wyoming, Utah y Colorado, y es que el autor trabaja como guarda del servicio nacional de parques en el Monumento Nacional de los Arcos ( 1.956-1.957)  que llevará a repetir la experiencia en los parques nacionales de Casa Grande (1.958-1.959), Canyonlands (1.965)  Everglandes (1.965- 1.966), Lees Ferry ( 1.967) y Araviapa (1.972-1.974).
Este hombre es el autor de la novela El vaquero valiente (1.956), que fue llevada posteriormente al cine, bajo el título “Los valientes andan solos” en 1.962 donde el papel protagonista lo interpreta Kirk Douglas, que por cierto acaba de cumplir los 100 años y es una auténtica leyenda viva del mundo clásico del cine. Pero volviendo a este texto, lo que nos narra E. Abbey con una prosa entre irónica y amarga, es su trabajo y su día a día, deteniéndose a contemplar la luz del desierto, los magníficos atardeceres y las variaciones de intensidad de la luz, así como la vegetación, con un conocimiento de plantas bastante sorprendente y con todos los sentidos a pleno rendimiento. Pero además, describe la vida que impone el desierto donde según sus propias palabras: “ el tiempo pasaba con una lentitud extrema, como debería pasar el tiempo, con los días estirándose, largos, espaciosos y libres como los veranos de la infancia.”
Si hay un color que baña suavemente el libro y lo dota de profundidad, es el misticismo que lo va salpicando aquí y allá como las gotas de una tormenta golpean al polvo: “sueño con un misticismo duro y brutal en el que el yo desnudo se funda con un mundo no humano y sobreviva, sin embargo, de algún modo intacto, individual, indiferenciado. Paradoja y lecho de roca”.
De todas las excursiones que realiza a través de este vasto territorio, hay un capítulo dedicado a Havasu, una región de los indios havasupai, donde experimenta un mayor aislamiento y al que llama el Edén, de cataratas y huertos de cactus donde se dedica a no hacer absolutamente nada, solo contemplar y pasear. Es donde la narración gira hacia la búsqueda: “me volví nativo y me pasé días soñando en la orilla de las cataratas, y vagué desnudo como Adán bajo los álamos. Los días se volvieron salvajes, extraños, ambiguos, un elemento siniestro empapó el fluir del tiempo. Viví horas narcóticas en las que como el taoísta Chuang-Tse me preocupé por las mariposas y por quién estaba soñando qué. Me deslicé por grados de lo lunático, yo y la luna, y perdí hasta cierto punto, la capacidad de distinguir entre lo que era yo mismo y lo que no: mirando mi mano, veía una hoja temblando en una rama. Una hoja verde. Pensaba en Debussy, en Keats y Blake y Andrew Marwell. Recordé a Tom O Bedlam . Y todos aquellos perdidos y nunca recordados. Daba paseos… daba paseos y en uno de ellos, el último que dí en Havasu recuperé lo que parecía estar desaparecido.”
Hay quien afirma que este libro en definitiva es como un rezo, y que la espiritualidad que lo atraviesa es muy sincera y rudimentaria. Yo lo constato, pero entre la variedad de sabiduría que destila está el ser escrito en 1.968, la época en la que los estudiantes se reunían en Woodstcok y que comenzaba el debate conservacionista, sin embargo E. Abbey aquí ya había vaticinado lo que vendría, el debate sobre los parques nacionales y el turismo, y así en septiembre del presente año la revista National Geografhic titula un artículo: El gran Cañón amenazado por el turismo y el desarrollo. Así que 48 años después de la publicación de este libro y planteándose Abbey las serias amenazas que veía para un entorno tan especial  el debate continúa y acertó en conocer las verdaderas amenazas: el crecimiento , el desarrollo y los intereses económicos. Precisamente titula un capítulo: polémica: el turismo industrial y los parques nacionales, donde dice: “estamos preocupados por el tiempo. Si pudiésemos amar el espacio tan profundamente como nos obsesionamos ahora con el tiempo, podríamos descubrir un nuevo significado de la expresión vivir como hombres.” Una frase verdadera como la que tuvo Teddy Roosevelt cuando visitando en 1.903 el Gran Cañón dijo: “dejémoslo como está. El tiempo ha hecho aquí su trabajo, y el hombre sólo puede estropearlo.”
Además, aquí tiene cabida hablar de los indios navajos y de las problemáticas que tenían en aquella época para poder medio integrase en una sociedad consumista. Los puntos de vista que sostiene son de gran interés.
Ninguna parte del libro carece de interés, pasando por la época en la que existieron minas de uranio, hasta un suceso trágico que más bien parece sacado de una novela negra, pero sin dosis de morbo, sólo mostrado la dureza del entorno y las bajas pasiones humanas. Pasando por un encuentro de lo más curioso con un caballo solitario. Pero donde gana intensidad el texto es en la narración de cómo puede ser el calor del mediodía. “La hora del mediodía aquí es como una droga. La luz es psicodélica, el seco aire eléctrico narcótico. Para mi el desierto es estimulante, excitante, exigente, no siento ninguna tentación de dormir o de relajarme en sueños ocultos, sino más bien el efecto opuesto y agudiza y potencia la visión, el tacto, el oído, el gusto y el olfato. Cada piedra, cada planta, cada gramo de arena existe en sí mismo y para sí mismo con una claridad que ninguna sugerencia de un reino diferente oscurece. Solo la luz del sol mantiene las cosas juntas. La del mediodía, es la hora crucial: el desierto se revela desnudo y cruelmente sin más significado que su propia existencia.”
Un libro que posee la misma textura que la película de Sam Peckinpah La balada de Cable Hogue probablemente su obra maestra. Una vida tan marcadamente agreste y tan a la altura del desierto que tanto amaba, que  a la hora de morir pidió ser metido tan solo en un saco de dormir y enterrado al pie de un enebro ( del que tanto le gustaba el olor que desprendía cuando lo quemaba en las hogueras ) al que su cuerpo serviría de alimento. Fue su última transgresión humana. Así pues, todas las mañanas, el sol y el enebro se saludaran a través del negro vacío de ciento cincuenta millones de kilómetros.

viernes, 4 de noviembre de 2016



           De la lipofobia a la vigorexia pasando por Pokémon



A medida que la tecnología penetra más en nuestras actividades cotidianas, los hábitos de comida y de sueño -por poner sólo dos ejemplos- más se modifican. Ahora, a nadie le resulta extraño que dos personas que comen juntas estén consultando la pantalla de sus móviles en silencio, la conversación cada vez es menor y una excelente excusa para evitar hablar de verdaderos problemas, de lo importante, o simplemente escuchar de forma atenta al otro.
En muchos países anglosajones, los cursos más demandados por jóvenes venteañeros son los de aprender a conversar de forma real no virtual, algo  que puede resultar asombroso, pero que no lo es, puesto que crecieron hablando- chateando- entre sus iguales.
En las comidas, una de las conversaciones más recurrentes parece ser el hablar sobre lo que se come en términos de calorías, y es que pensar en términos de calorías es sintomático del miedo a engordar, y de ahí la fobia a la grasa en esta sociedad de superabundancia. Así pues, por un lado la atención y el disfrute de la comida está divido en atender al móvil- probablemente hablando de lo que se come y con quien- y por otro sintiéndome mal por lo que como, y quizá pensando en el esfuerzo en el gimnasio para “quemar” como ahora se dice la grasa. Cuando realmente está científicamente demostrado que un ligero sobrepeso es síntoma de buena salud, sin embargo, hace tiempo que los ideales  de perfección y delgadez cotizan a la alza como el no va más de la belleza. Como siempre confundiendo forma con fondo. Pero además del pavor a la grasa, está la necesidad, más acentuada en el hombre, de estar musculado como muestra de narcisismo. Aquí se une, o más bien se entrelaza la estética, la moda y la epidemia de narcisismo, pues la televisión nos hace parecer más gordos, aproximadamente entre 3 y 5 kilos y claro ahora la gente aparece en sus selfies, en sus redes sociales, en fin en las pantallas y esto acentúa aún más si cabe su preocupación por  parecer gordo. El cuerpo como lugar sobre el que trabajo continuamente, preocupándome y ocupándome de lo que como, las calorías, las proteínas que ingiero ( uno de de las franquicias más extendidas en las ciudades es la venta de proteínas por botes, principalmente para deportistas de gimnasios, el otro las teterías donde lo que más se vende parece ser son infusiones o productos adelgazantes )

 Las mujeres delgadas y los hombres musculados por supuesto, pero que sucede con los niños, pues por un lado hace unos meses se hablaba en los medios de comunicación que según varios estudios los niños, (no recuerdo que porcentaje pero era resaltable), presentaban problemas de obesidad, debido fundamentalmente a sus hábitos de ocio- móviles- pantallas etc… pero además, al poco tiempo, salió la noticia de que una profesora escocesa, con sólo obligar a los niños que acudían a su colegio en autobús a que se bajasen varias paradas antes para ir caminado al colegio esto repercutía –al cabo de un mes- en una bajada de peso considerable. Una supernany escocesa que simplemente introdujo el sentido común. Pero que ocurre con los niños que son inquietos, esos que no paran y que ni siquiera se enganchan al Pokemon, pues que se les diagnostica de hiperactivos y además se les da metilfenidato para tenerlos tranquilos y que no molesten, y además así el problema es del niño que no para, no de cómo lo educan los padres.
Este verano lanzaron al mercado el juego Pokémon, -que tanto dio que hablar- y según opinión del director de cine Oliver Stone él afirmó que era una nueva forma de control social y manipulación a la infancia. Algo de cierto debe de haber en esta afirmación cuando hace unas semanas que este director estrenó su última película Snowden, sobre el Big Data y como nos tienen más que vigilados y controlados.
Así pues, los adultos huyendo de la grasa como de la peste, y la población infantil la que no está dopada, se la persuade para que continuamente esté en juegos en línea, pero a la vez esto contribuye a que engorde, con lo cuál las contradicciones de esta sociedad de consumo son grandes y variadas y la perversión continúa creciendo, pues de esto se nutre. Mientras la omnipotencia del tecnicismo es el nuevo opio del pueblo,  el hombre medio tendrá que habituarse a convivir con el jabalí en la ciudad; probablemente no tardando mucho se le obligará al jabalí a que este adelgace y se depile. Por de pronto, en estas navidades no olvide sentar a un jabalí en su mesa y prométale para Reyes un Iphone, mientras bájese un programa que le dice las calorías que tiene un trocito de turrón y aproveche para cambiarse de gimnasio que el otro mola más y tiene wifi.

lunes, 1 de agosto de 2016



David Le Breton. Desaparecer de sí. Una
tentación contemporánea.
 Editorial Siruela 2.016


Con una prosa fluida y lucidez en sus planteamientos, el autor David Le Breton antropólogo y autor de entre otros libros Elogio del caminar, nos explica porque hay momentos en nuestra vida en los que deseamos huir, de irnos por un rato, esa “tentación contemporánea” que es la ausencia, la desconexión, el decir adiós  a lo que nos marca la cotidianidad en nuestras vidas.
A lo largo de seis capítulos aborda las diferentes formas de desaparecer. En el prólogo, que más bien llama umbral, utiliza el término blancura para referirse a: “un estado de ausencia de sí más o menos pronunciado, a un cierto despedirse del propio yo, provocado por las dificultades de ser uno mismo. En todos estos casos lo que se quiere es reducir la presión. La blancura responde al sentimiento de saturación, de hartura, que experimenta el individuo. Entre el vínculo social y la nada, dibuja un territorio intermedio, una manera de hacerse el muerto por un momento.”
Realiza un recorrido de una antropología de los límites en la pluralidad de los mundos contemporáneos, inscribiéndose en una exploración de lo íntimo cuando el individuo se deja llevar, sin querer por ello morir, o cuando se inventa medios provisionales de desaparecer de sí mismo. Las condiciones sociales –sostiene David Le Breton- están siempre mezcladas con condiciones afectivas, y son estas últimas las que inducen por ejemplo las conductas de riesgo en los jóvenes, en un contexto de sufrimiento personal, o las que provocan la depresión y sin duda la mayoría de las demencias seniles.
Llega a afirmar, que el enfoque de los psicólogos frecuentemente – aunque no todos- no tiene en cuenta el trasfondo social y cultural, el de la sociología pasa por alto los datos más afectivos, considerando a los individuos como eternos adultos, sin infancia, ni inconsciente. La compresión sociológica y antropológica de la diversidad de mundos contemporáneos, puede reconquistar la singularidad de una historia personal, al cruzar la trama afectiva y social que envuelve al individuo y, especialmente los significados que alimentan su relación con el mundo. Esa es la tarea de este libro.
En el capítulo dejar de ser persona, expone como ejemplo de blancura de vivir al ralentí o incluso en una suerte de postura de desapego absoluto, el caso clínico que refiere Pierre Janet a principios del siglo XIX, ciertos pacientes devorados por el sentimiento de vacío, que no sufren por nada, no se interesan por nada, pero no sufren. Aunque los hombres y mujeres así, en esa época, todavía eran una rareza.
Desaparecer en cualquiera de sus múltiples posibilidades ha sido y es un tema recurrentemente literario: Melville, Mankell, Pirandello, Simenon, Walser.
En la literatura de Paul Auster casi siempre está presente el tema de desaparecer, pero a veces, es el propio escritor quien en su vida lleva a cabo un aislamiento de mayor contundencia que cualquier personaje creado por la imaginación, como es el caso de la vida de Emily Dickinson quién con 30 años decide optar por no salir más de su casa, sería un caso de “soledad ontológica”.
Me ha llamado la atención que no se mencionara al escritor Charles Bukowski, quién en su autobiografía Pelando a la contra narra las múltiples veces en las que optar por aislarse y buscar la soledad ( de la que se alimentaba), aunque bañándola en alcohol, es la mejor opción para no ser engullido por el sistema, y como quedarse una temporada en la cama es la solución según él para casi todos los males.
En las maneras discretas de desaparecer, el capítulo 2, menciona como la compulsión del sueño es una manera de escapar a las dificultades de ser uno mismo.
El sueño como refugio profundo, un camino para darle la espalda a los caminos del mundo. Dormir para no pensar, no decidir, un truco para eludir el reto de tener que asumir su existencia en todo momento.
Realiza un somero análisis del juego  japonés pachinko, que lo define como una forma lúdica y banal de disipación del propio yo en la vida cotidiana. Se trata de lugares socialmente legítimos para la disolución provisional de la identidad, sin abandonar por ello el vínculo social. Rodeado de gente, pero en la soledad más absoluta el jugador se ausenta, durante un rato sumido en una punzante repetición de los mismos gestos. Se pierden en una actividad hipnótica que los apasiona.
La fatiga deseada sería una supresión provisional por cansancio. Consciente o inconscientemente el individuo busca embriagarse de fatiga par liberarse de sí e interrumpir el flujo del pensamiento. Sin la actividad del espíritu, el individuo se disuelve. “Estoy muerto” dice el hombre agotado.

Menciona el burnout, las distintas depresiones y las personalidades múltiples donde señala que el cineasta David Lynch hizo de este síndrome la base de películas de culto como Carretera perdida ( Lost Highway,1.997) o Mulholland Drive (2.001)  aconsejables si se quiere experimentar sensaciones de desasosiego y angustia.
Y para cerrar esta capítulo se realiza la inmersión en una actividad que requiere una máxima concentración como es el ajedrez, centrándose en la novelad de V. Nabokov La defensa.
Hubiera sido interesante que se mencionara al jugador de ajedrez Bobby Fischer, como máximo exponente de vida real centrada exclusivamente en el ajedrez y las consecuencias que le acarreó en su salud mental, así como  la huída tanto de los medios de comunicación, como de sus delirios de persecución según él por parte de la CIA. Huir para después reaparecer e imponer las condiciones de jugar otra vez al ajedrez, considerándose el maestro absoluto del juego.
Las formas de desaparición de sí en la adolescencia, es el título del tercer capítulo y el que me parece más interesante.
Analiza las conductas de riesgo de los adolescentes, desde el uso de psicofármacos para aliviar la vida entera en una esperanza mágica de resolución de todos los males. Hasta la velocidad en la carretera par escapar de sí mismos. Pasando por el vagabundo del espacio y de los okupas, nómadas liberados de toda responsabilidad. Intentan fundirse con la calle, disolverse en el espacio, y se ayudan de numerosos productos psicotrópicos comenzando por el alcohol que induce un estado de flotamiento, una dilución justamente del sentimiento de identidad.
Los autores Florence Golberg y Philippe Gatton hablan acerca de estos jóvenes vagabundos (que a veces envejecen sin haber podido encontrar un lugar para instalarse) de una “adicción al espacio”. Consumen carretera, se inyectan indefinidamente espacio. La identidad asociada a su historia les resulta insoportable, la indiferencia de la calle les induce paradójicamente un sentimiento de menor vulnerabilidad. El vagabundeo es una manera de distanciar el fuero interno demasiado doloroso.
Volcarse en el espacio evita la dificultad de vivir sus propios pensamientos.
En la novela Ciudad de cristal de Paul Auster, el protagonista descubre el vértigo del vagabundeo, algo que el propio autor Auster también reconoce haber practicado de joven en sus largas caminatas por la ciudad de Dublín.
Analiza el caso de Chris McCandless el  joven que abandona sus estudios, familia y civilización para ir a Alaska dejando atrás las obligaciones sociales y la hipocresía que según él impregnan todas las relaciones humanas.
Deslizarse por el infinito de lo virtual es algo practicado por una cantidad de población que se sumerge por horas en el Second Life o videojuego donde en estos universos virtuales se corre el  peligro de desatender la vida real y poder desarrollar las habilidades sociales y las experiencias necesarias para crecer como adulto.
Jugar para no afrontar la dura realidad. El extremo del juego es el Hikikomori en Japón, el filtro es el ordenador y se retiran a su habitación evitando toda relación social.
También se detiene en la anorexia y en el colocón como búsqueda de coma, o forma deliberada de ausencia. Beber sin límites, ya no para alcanzar la embriaguez, sino para acceder más rápidamente al olvido, dimitir de sí mismo. Beben para adceder directamente a una blancura más o menos controlada, desean desaparecer por un rato y lo más rápido posible.
Analiza el contramundo de las sustancias psicoactivas y la aspiración al síncope en los juegos de asfixia. Experimentación o juego con la muerte por cansancio, agotamiento de ser uno mismo, breve tentativa de evasión a otro mundo bajo una forma lúdica; esta disolución de sí es un punto de atracción de estos juegos de estrangulamiento.
En el cuarto capítulo analiza el proceso de envejecer que no es una cuestión de edad sino de relación con el mundo. Y el alzheimer como forma en el que el propio sujeto desaparece.
Un capítulo realmente interesante es el que aborda las personas que desaparecen sin dejar dirección, aquellos que se ausentan y rompen con su pasado, sus vínculos. Incluso como se organiza la propia desaparición para así renacer en otro lugar bajo una identidad distinta y así recomenzar una vida desde cero.
La pretensión del autor es identificar algunas formas de supresión de sí en el contexto de nuestras sociedades en las cuáles la vida es menos dura que antes, pero la tarea de ser individuo es más complicada para un gran número de personas.

La blancura es quizá una fuerza, una energía a la espera de su inminente aplicación. En definitiva, la escritura, la lectura, la creación en general, el caminar- tan sabiamente estudiado por este antropólogo- el viaje, la meditación, son lugares en los que nadie tiene ninguna cuenta que rendir, en los que se accede a una suspensión feliz y gozosa de sí. Medios deliberados de reencontar la vitalidad, la interioridad y las ganas de vivir.
En definitiva, un libro recomendable para todo estudioso del comportamiento en general y para cualquiera que  pretenda comprender por qué tanta gente siente esa “necesidad de ausencia.”

viernes, 29 de abril de 2016

Otros hábitos otros tiempos



                              Otros hábitos otros tiempos

Cuando los cines estaban en las ciudades, y no en el extrarradio, dentro de las grandes superficies comerciales, sucedía que paseando por la calle, o de camino al trabajo, o los estudios, uno podía ver los carteles de las películas varias veces antes de decidirse; su presencia dentro de la ciudad conseguía que entorno a él vivieran bares, cafeterías, pubs e incluso bocaterías o pizzerías, pero además generaba unas relaciones sociales más fluidas y fáciles, pues la propias colas del cine se hacían obviamente en la calle y así convivían y coincidían los que pasaban por ahí, de camino, con los  que hacían cola y así era más posible los encuentros casuales con amigos y conocidos e incluso por la longitud de la cola uno se detenía -aunque fuera por mera curiosidad- para averiguar que película suscitaba tanta afluencia. Además, si eras asiduo lo más probable es que quién trabajaba en la taquilla, o el acomodador, se permitían hacer algún comentario sobre la película.
La propia entrada estaba hecha de cartón y tenía cierta consistencia, con cuerpo, a veces si te gustaba la película invitaba a ser guardada por los menos durante un tiempo. Los horarios eran más humanos en sesiones de tarde y noche. Las películas estaban varias semanas en cartel de forma que no había prisa por ir a verla, e incluso dejabas que estuviera un tiempo para que algún amigo o conocido te diera su opinión y así decidirte a ir. Probablemente irías al cine caminando y te identificabas con los bares y cafeterías próximos, porque acudías a ellos antes o después del cine, e incluso podían ser el lugar de encuentro para quedar con alguien antes de ir.
Todo lo narrado hasta aquí no lo realizo desde un tono nostálgico- que quede claro-, es una descripción de lo hace unos años era acudir al cine, que tenía más que ver con un acto social y cultural que en la actualidad. Y ¿por qué? Porque los cines -pues son varias salas- donde emiten diferentes títulos, están ahora ubicados en el centro comercial, quiere decir que de entrada la presencia física del cartel ni la conoces, probablemente te enteras de lo que allí ponen a través de Internet, aunque a veces el periódico te da una información de un horario e Internet otro muy distinto. Y acudir al cine, en un centro comercial, para muchas personas es un acto que se realiza después de hacer la compra dentro del mismo centro, como actividad de relleno de tiempo, o porque ya que se está allí se va.
Cierta magia del cine murió enterrándola en las grandes superficies comerciales, pues esa fábrica de sueños ahora semeja más una pesadilla.
         Ahora al acudir a ver una película casi seguro tienes que coger un medio de trasporte, la relación con quien te expende la entrada es prácticamente inexistente, a veces no existen ni colas ya que muchas personas sacan las entradas por Internet, el trabajo de acomodador no existe y es menos probable el encuentro con amigos y conocidos que cuando el cine estaba en plena ciudad.
         La entrada se parece al tiket de la compra en formato y letra, así que muchas veces es indescifrable. Todo parece un mero acto de consumir cine. Incluso ciertas películas de buena calidad tienen menos pases y desaparecen pronto de la cartelera, a veces reduciéndolo a uno o dos pases la día. Hay más variedad de películas, pero menos cine, más abundancia y menos calidad.
         Lo que han matado ha sido parte de su magia y cierto ritual que existía al acudir a un cine en la propia ciudad. Como sostiene Gilles Lipovestsky y Jean Serroy en su ensayo: La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico: “al ser un sistema más dominado por un ánimo del lucro sin otro fin que el mismo, la economía liberal ofrece un aspecto nihilista cuyas consecuencias no son únicamente el paro y la precarización del trabajo, las desigualdades sociales y los dramas humanos, sino también la desaparición de las formas armónicas de vida, la evaporación del encanto y del gusto de la vida en sociedad, un proceso que Bertrand de Jouvenal llamaba pérdida de amabilidad”.  Porque precisamente lo que se ha perdido es la amabilidad, parafraseando la famosa frase de Blade Runner: “ yo he visto cosas que vosotros no creerías. He visto inmensas bolsas de palomitas más allá de Orión. He visto brillar pantallas de móvil y tablets en los momentos más cruciales de una película. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como el sudor en la lluvia. Es hora de reír”.
         Porque lo realmente interesante es que todo esto no parece molestar a nadie, se vive con un grado de tolerancia inimaginable.