miércoles, 11 de octubre de 2017



                                     Mirar para otro lado
  
Hace varias semanas, me comentaba una profesora como es habitual el que los lunes, en una clase de primero de bachiller de unos 25 chicos falten entre 7 ó 9 alumnos y que poniéndose en contacto con los padres, estos hasta los justifiquen, diciendo que salieron el fin de semana. Por un momento miré a quién me lo narraba con cierta incredulidad, y como me conoce, rápidamente me asestó: “no, no te estoy vacilando, es la verdad”, y a continuación añadió: “desde hace varios años para acá, el absentismo es hasta cierto punto algo asumido por los padres”, a lo que contesté que más bien reforzado y aplaudido por ellos.
Cualquiera con una mínima capacidad de observación puede comprobar como en los supermercados a las 7 de la tarde de un sábado, da lo mismo que se Madrid,  Vigo o Zaragoza, los adolescente hacen acopio de alcohol para beberlo en el botellón, algo tan aceptado que incluso lo llaman: “cultura del botellón”. Un problema social que no sólo no interesa solucionar, sino más bien parece que se fomenta.
Ante esta situación un chaval que sea “normal” y si por normal se entiende que aprueba todas o casi todas las asignaturas, sin grandes notas, que tenga alguna afición al margen de salir como puede ser practicar algún deporte y que además se relacione bien, es hoy en día una verdadera minoría.
Los niños de altas capacidades muchas veces pasan desapercibidos, u otras, aunque sean diagnosticados no se les atiende lo suficiente por falta de personal,  o de cómo se encuentra estructura la educación, incluso algunos terminan fracasando en los estudios. Por otro lado los frikis-  la cultura geek tan en boga a raíz de las serie de televisión de Big Bang-, los Sheldon y compañía son una minoría con cierta cultura del esfuerzo, vendría a ser los “empollones” de toda la vida, pero ya sabemos que de relaciones sociales y deportes mejor ni hablamos.
Así pues, hace unas décadas cuando existía la EGB eran una mayoría de adolescentes los que aprobaban, se sabían relacionar y además practicaban algún deporte, e incluso asistían a clase, así que algo debe de estar pasando.

viernes, 25 de agosto de 2017



                      Desde la cárcel blanca


Todavía existen lecturas que a uno lo conmueven, lo sacuden, y a la vez le permiten disfrutar del aliento poético que lo impregnan; y esto es lo que me sucedió la primavera pasada cuando leí las Memorias de un depresión de Joaquíz  Díaz publicadas en la Huerta Grande Ensayo, donde en poco más de cien páginas se narra la peripecia vital de esa cárcel blanca, como el autor la llama, a la experiencia de la depresión. Este hombre que es toda una autoridad en lo que se refiere a materia de folklore, fue quién creó la Fundación que lleva su nombre en el pueblo de Urueña (Valladolid), un lugar que merece la pena conocer. Pues bien, con un sencillo y corto prólogo de Andrés Amorós en la presentación se indica por qué escribió este libro: “por un desahogo, por si a alguien le pudiera servir de  alivio o entretenimiento, por expresarse y comunicarse, las dos funciones básicas que siempre ha tenido la literatura.”
Esta literatura a parte de valiente y honrada se debería de tener más en cuenta por parte de los profesionales de la salud mental, en particular los psicólogos clínicos,  y por aquellas personas que quieran conocer los sufrimientos y las zonas oscuras que puede tener casi cualquier vida, y más si cabe en unos tiempos en los que se vende la felicidad como algo a perseguir a toda costa.
Pero además, es conveniente resaltar que en estas memorias se encuentran vertidas verdades de la vida y sabiduría acerca de cómo paulatinamente Joaquín es capaz de salir de esa situación- esa prisión imaginaria, esa cárcel blanca- como si nos hablara o susurrara al oído su día a día, con sus noches y ciertos pormenores además de narrarnos que le llevó o precipitó a esa situación.
Además de sufrimiento, la depresión también le trajo algunas ganancias: “durante el largo padecimiento recuperé el placer de la soledad, seleccioné de forma práctica mis amistades, rendí culto a la tranquilidad.”
Más que las medicinas, le han ayudado a curarse los amigos verdaderos: esa mano amiga que sentimos cercana sin necesidad de palabras. Así pues, la química interpersonal funciona mejor que la propia química porque somos humanos, demasiados humanos como diría Nietszche.
Parece ser que de las dos veces que estuvo deprimido de la primera salió con la lectura y de la segunda le ayudó mucho también el escribir. El narrar sus sensaciones y recordar momentos agradables ya vividos le fue devolviendo poco a poco  a la realidad. Como en su momento hizo R. Burton escribiendo su Anatomía de la melancolía allá por 1.621, o William Styron en Esa visible oscuridad ( 1.985) o Vittorio Gassman en sus Memorias del sótano (1.990) por citar solo algunos.
A pesar de ser un libro corto, en él tiene cabida los recuerdos de su niñez que se alternan con acontecimientos más recientes, así como lo que supuso- evidentemente un antes y un después- la pérdida en accidente de una amiga, que más bien era un  amor no declarado, pero que se cuenta sin sentimentalismos, más para entender lo que este suceso le ocasión en su vida.
Las descripciones de los abatimientos se intercalan con ciertas mejorías, y las poesías del autor permiten dar una mayor visión de por donde transitan sus estados de ánimo y sus recuerdos. Así dice: “hoy me he levantado tarde. He demorado con delectación la hora de abandonar la cama y mientras tanto me he entregado a una apacible duermevela entremezclada con algún sueño”. Esto me recordó un episodio de una novela de Milan Kundera La inmortalidad, donde un personaje llega a decir: “el magnífico vaivén entre la vigilia y el sueño que por sí mismo ya es causa suficiente para que el hombre no lamente haber nacido”.Casi nada.
Este es un testimonio de cómo un hombre está desvinculado del mundo y focalizado en sí mismo, de ahí esa naturaleza paradójica de la tristeza: una emoción que nos vincula con el mundo y al mismo tiempo nos separa. Y el verdadero mérito está en contarlo de una forma honesta y a la vez humanamente compresible para todo el común de los mortales.



lunes, 29 de mayo de 2017



                                   Y así nos va

Hace varias semanas, mi madre me volvió a contar por novena vez- o así-, la anécdota que le ocurrió cuando iba a llevar a su nieta a clases de taekwondo. De camino al gimnasio, se encontró con un adolescente que se colgaba de la rama de un árbol joven,  al ver la situación mi madre le dijo: “no ves que lo vas a romper”, e inmediatamente y sin inmutarse lo más mínimo le soltó el elemento en cuestión: “que quiere que la rompa a usted señora”; mi sobrina apretó la mano de su abuela, y entonces mi madre le soltó varias frases contundentes al sujeto, logrando ponerlo en su sitio. Esta situación, más allá de la anécdota, refleja la crisis de autoridad que se vive, donde ya casi no es noticia que un alumno se vuelva contra el profesor, o que un hijo atemorice a los padres, no en vano el programa de televisión Hermano mayor estuvo - y creo que sigue- durante mucho tiempo abordando casos, donde la falta total de autoridad de los padres ocasiona que su hijo esté consentido y se haga con el poder de la familia, invirtiendo las relaciones familiares. Las personas mínimamente sensatas se quejan que todos lo fines de semana se deteriora el mobiliario urbano: papeleras y bancos destrozados, pintadas en paredes y portales, botellones donde nadie hace por poner una solución; se filma en móvil como una joven estudiante es víctima de la paliza que le propinan otras compañeras, algo que hace varias décadas era impensable hoy ocurre a pesar de que se supone que hay más educación. No veo educación cívica por ninguna parte, más bien ciudadanos y bárbaros que conviven en un mismo espacio. La pregunta es ¿por qué no hay más jueces como Emilio Calatayud?
No pretendo ser un pesimista respecto a la situación de la adolescencia, sólo me acerco a averiguar que está pasando. Para mí vivimos en unos tiempos tan blandos y donde lo políticamente correcto inunda tanto el lenguaje como los comportamientos y con ello los castigos, que hace tiempo que se a perdido el sentido común- el más escaso-, y donde cualquier muestra de firmeza o dureza es tomada como sospechosa de fascismo.
No hace mucho, paseando por una ciudad ví una pintada en un edifico nuevo, en concreto en la puerta del garaje que decía: “Estamos realizado una fachada artística, por favor abstenerse de hacer grafittis”. Menos mal que el humor sigue bastante presente.

jueves, 4 de mayo de 2017



                                 Sin motivo aparente


Hay personas que tienen una vida en la que supuestamente no les falta de nada, pero aún así se encuentran mal- desanimados, infelices- cada cierto tiempo experimentan episodios de angustia o ansiedad, pero no logran entender a que se debe, y además ocurren con más frecuencia e intensidad en el tiempo. No entienden que la ansiedad o la angustia o la apatía prolongada son señales que les están indicando que “algo” va mal en sus vidas, y a veces, en lugar de entender que les está diciendo esas emociones, prefieren callarlas con el alcohol o psicofármacos, tapando momentáneamente o a corto plazo el problema principal y agravando la situación.
Muchas veces, el tener demasiados compromisos sociales o familiares y no saber decir que no a tiempo (como decía un amigo: estoy sometido a un bucle de compromisos sociales de los cuáles me es imposible salir) genera el que uno está permanentemente volcado en los demás; y el atreverse a decir no ocasiona que a familiares o amigos les parezca mal. Si además, la persona tiene un trabajo que sólo le sirve para estar a flote, donde no se siente realizado y el ocio es para recuperarse del trabajo y la familia, tenemos los condimentos necesarios para que la persona se encuentre mal. El atrever a preguntarse que desearía hacer con su vida, es un primer paso para dejar de autoengañarse, pero es necesaria cierta valentía y estar abierto a cambiar. “Que la vida iba en serio/uno lo empieza a comprender más tarde”, dijo en Las personas del verbo Jaime Gil de Biedma.
La contradicción entre lo que se posee y lo que verdaderamente se necesita, entre las expectativas personales y la realidad, dan lugar a continuas frustraciones de las que es necesario escapar. Recuerdo la magnífica película de Sam Mendes American Beauty donde el protagonista interpretado por Kevin Spacey dice:
 “ lo  peor de todo no es que de hecho las cosas vayan mal, sino el no darse cuenta de cuándo empezaron a ir mal, de en qué momento las líneas maestra de la felicidad empezaron a quebrarse”.
Se puede decir que la vida que tiene sentido es la de aquel hombre que ha ganado la libertad suficiente como para poder discriminar lo importante de lo insustancial, habiendo aprendido con ello a saborear la belleza de “las pequeñas cosas”.
En el libro: Cine con sentido. Escapando de Matrix, de Javier González y Laura Díaz  se afirma respecto a la película anteriormente citada American Beauty, pero que vine al caso para las situaciones que al principio de este artículo hablaba que: hay un simple pero trascendental paso que separa la actitud del hombre-autómata, incapaz de construirse como verdadero protagonista de su vida, de la del hombre libre que encara su travesía vital sin dejar engatusarse por sucedáneos, por falsas apariencias, por las estúpidas lucecitas de la sociedad de consumo, por las ideologías ajenas que hipotecan nuestra felicidad y nos alejan de las verdaderas fuentes del sentido, tan cercanas a nosotros y tan ocultas. Sólo de esa manera el “vivir” adquiere un sentido, cuando menos tolerable, sólo así la vida puede llegar a ser algo valioso. “ La vida no debe ser una novela que se nos impone, sino una novela que inventamos”, dijo Novalis.

lunes, 9 de enero de 2017



  Digitalizando y todos contentos


Al sacar el billete del Alsa, uno se pone a la cola con la suficiente paciencia acumulada como la de un chino, y una vez que eres el penúltimo, oyes al que ahora está en la ventanilla decirle al que despacha los billetes -que como es que está él solo y el resto de las nueve ventanillas están cerradas o vacías-. El que despacha le contesta: que puede hacer él. Mientras yo no digo nada, ni pienso, sólo observo y espero que me toque, saco el billete y veo que hay tres máquinas expendedoras de billetes, una averiada y en las otras dos, una persona parece que está realmente enfadada con la máquina, la otra está vacía de humanos y emana una frialdad similar a la de Putin cuando hace las ruedas de prensa.
Me pregunto cómo se pudo llegar a la situación de 10 ventanillas y sólo una útil, más 3 máquinas y una cola bastante larga y que además no se haga nada al respecto. Todo apunta a que las máquinas sustituyan al único expendedor de billetes, así en las grandes superficies ya existen varias cajas automáticas y cuando terminas la compra, un señor con traje y porte de cierta autoridad te indica que por favor pases por las cajas automáticas, sino quieres evidentemente vas a una caja-humana, pero el tipo del traje que en realidad hace su trabajo te mira con cierto aire gansteril.
La mayor parte de las personas pasan más tiempo con el teléfono móvil que acariciando a su mascota, y por supuesto que tocando a otro ser humano, y además se ve cómo algo completamente normal.
Los médicos de atención primaria miran las pantallas de los ordenadores más que la mirada de sus pacientes, a pesar de que se sabe que la mirada es el espejo del alma, y pobre del médico que no esté formateado en este modelo.
Que el móvil te sirva de alarma y que te avise con su agenda cuando tienes que ir al dentista, o cuando llamar a un familiar es muy cómodo, pero esto está contribuyendo a que una de las quejas más frecuentes – a parte del problema principal por el que acude una persona al psicólogo-  es la falta de memoria. Si tenemos la musculatura de los brazos floja, bastará con unas pesas y cierta constancia para que en un tiempo notemos más fuerza en nuestros músculos. Pues bien, si la digitalización cada vez está más y más presentes en casi todos los ámbitos en los que nos desenvolvemos día a día, probablemente no sólo perdemos memoria y atención pues como decía el escritor David Foster Wallace “ Internet nos roba lo más preciado que tenemos, nuestra atención” sino que las futuras generaciones de jóvenes sepan como usar su memoria y su concentración, con lo cuál manipular a la población, dirigir su atención hacia las trivialidades está siendo cada vez más fácil. Pero además, esto está contribuyendo a la pérdida de puestos de trabajo y de formas de vida más sensatas y justas, donde la empatía cada vez más es un mero emoticón y donde  la uniformidad de formas de vida parece ser que es lo único importante.
Mientras todos contentos porque se pueden sacar las entradas por Internet,  y además puedo realizar todo desde la pantalla de mi móvil y sin tener que ver a nadie. Yuppi!

miércoles, 14 de diciembre de 2016



El solitario del desierto
Una temporada en los cañones
Edward Abbey

Siempre me han interesado los personajes o personas que huyen de la civilización y acuden a la naturaleza: las montañas, los mares o los desiertos, para así aprender más de sí mismos, y mejor si dejan un testimonio de sus experiencias. Y digo personajes por recordar ahora mismo la excelente película de Sidney Pollack Las aventuras de Jeremías Johnson de 1.972 sobre la que en su momento reflexioné sobre ella y escribí al respecto. En ella, el personaje principal interpretado por Robert Reford huía a las montañas, en busca de una nueva vida y lo único que sabíamos de él, era que venía de una guerra y no quería volver a vivir en una ciudad.
Pues bien, al comenzar a leer este libro: El solitario del desierto, con subtítulo – una temporada en los cañones-, es bastante inevitable el que se active todo el gran imaginario que poseemos de las películas del oeste o de vaqueros; la majestuosidad de los paisajes semidesérticos y el desierto, pues la narración se desarrolla en el Gran Cañón del Colorado, en la esquina donde confluyen los estados de Wyoming, Utah y Colorado, y es que el autor trabaja como guarda del servicio nacional de parques en el Monumento Nacional de los Arcos ( 1.956-1.957)  que llevará a repetir la experiencia en los parques nacionales de Casa Grande (1.958-1.959), Canyonlands (1.965)  Everglandes (1.965- 1.966), Lees Ferry ( 1.967) y Araviapa (1.972-1.974).
Este hombre es el autor de la novela El vaquero valiente (1.956), que fue llevada posteriormente al cine, bajo el título “Los valientes andan solos” en 1.962 donde el papel protagonista lo interpreta Kirk Douglas, que por cierto acaba de cumplir los 100 años y es una auténtica leyenda viva del mundo clásico del cine. Pero volviendo a este texto, lo que nos narra E. Abbey con una prosa entre irónica y amarga, es su trabajo y su día a día, deteniéndose a contemplar la luz del desierto, los magníficos atardeceres y las variaciones de intensidad de la luz, así como la vegetación, con un conocimiento de plantas bastante sorprendente y con todos los sentidos a pleno rendimiento. Pero además, describe la vida que impone el desierto donde según sus propias palabras: “ el tiempo pasaba con una lentitud extrema, como debería pasar el tiempo, con los días estirándose, largos, espaciosos y libres como los veranos de la infancia.”
Si hay un color que baña suavemente el libro y lo dota de profundidad, es el misticismo que lo va salpicando aquí y allá como las gotas de una tormenta golpean al polvo: “sueño con un misticismo duro y brutal en el que el yo desnudo se funda con un mundo no humano y sobreviva, sin embargo, de algún modo intacto, individual, indiferenciado. Paradoja y lecho de roca”.
De todas las excursiones que realiza a través de este vasto territorio, hay un capítulo dedicado a Havasu, una región de los indios havasupai, donde experimenta un mayor aislamiento y al que llama el Edén, de cataratas y huertos de cactus donde se dedica a no hacer absolutamente nada, solo contemplar y pasear. Es donde la narración gira hacia la búsqueda: “me volví nativo y me pasé días soñando en la orilla de las cataratas, y vagué desnudo como Adán bajo los álamos. Los días se volvieron salvajes, extraños, ambiguos, un elemento siniestro empapó el fluir del tiempo. Viví horas narcóticas en las que como el taoísta Chuang-Tse me preocupé por las mariposas y por quién estaba soñando qué. Me deslicé por grados de lo lunático, yo y la luna, y perdí hasta cierto punto, la capacidad de distinguir entre lo que era yo mismo y lo que no: mirando mi mano, veía una hoja temblando en una rama. Una hoja verde. Pensaba en Debussy, en Keats y Blake y Andrew Marwell. Recordé a Tom O Bedlam . Y todos aquellos perdidos y nunca recordados. Daba paseos… daba paseos y en uno de ellos, el último que dí en Havasu recuperé lo que parecía estar desaparecido.”
Hay quien afirma que este libro en definitiva es como un rezo, y que la espiritualidad que lo atraviesa es muy sincera y rudimentaria. Yo lo constato, pero entre la variedad de sabiduría que destila está el ser escrito en 1.968, la época en la que los estudiantes se reunían en Woodstcok y que comenzaba el debate conservacionista, sin embargo E. Abbey aquí ya había vaticinado lo que vendría, el debate sobre los parques nacionales y el turismo, y así en septiembre del presente año la revista National Geografhic titula un artículo: El gran Cañón amenazado por el turismo y el desarrollo. Así que 48 años después de la publicación de este libro y planteándose Abbey las serias amenazas que veía para un entorno tan especial  el debate continúa y acertó en conocer las verdaderas amenazas: el crecimiento , el desarrollo y los intereses económicos. Precisamente titula un capítulo: polémica: el turismo industrial y los parques nacionales, donde dice: “estamos preocupados por el tiempo. Si pudiésemos amar el espacio tan profundamente como nos obsesionamos ahora con el tiempo, podríamos descubrir un nuevo significado de la expresión vivir como hombres.” Una frase verdadera como la que tuvo Teddy Roosevelt cuando visitando en 1.903 el Gran Cañón dijo: “dejémoslo como está. El tiempo ha hecho aquí su trabajo, y el hombre sólo puede estropearlo.”
Además, aquí tiene cabida hablar de los indios navajos y de las problemáticas que tenían en aquella época para poder medio integrase en una sociedad consumista. Los puntos de vista que sostiene son de gran interés.
Ninguna parte del libro carece de interés, pasando por la época en la que existieron minas de uranio, hasta un suceso trágico que más bien parece sacado de una novela negra, pero sin dosis de morbo, sólo mostrado la dureza del entorno y las bajas pasiones humanas. Pasando por un encuentro de lo más curioso con un caballo solitario. Pero donde gana intensidad el texto es en la narración de cómo puede ser el calor del mediodía. “La hora del mediodía aquí es como una droga. La luz es psicodélica, el seco aire eléctrico narcótico. Para mi el desierto es estimulante, excitante, exigente, no siento ninguna tentación de dormir o de relajarme en sueños ocultos, sino más bien el efecto opuesto y agudiza y potencia la visión, el tacto, el oído, el gusto y el olfato. Cada piedra, cada planta, cada gramo de arena existe en sí mismo y para sí mismo con una claridad que ninguna sugerencia de un reino diferente oscurece. Solo la luz del sol mantiene las cosas juntas. La del mediodía, es la hora crucial: el desierto se revela desnudo y cruelmente sin más significado que su propia existencia.”
Un libro que posee la misma textura que la película de Sam Peckinpah La balada de Cable Hogue probablemente su obra maestra. Una vida tan marcadamente agreste y tan a la altura del desierto que tanto amaba, que  a la hora de morir pidió ser metido tan solo en un saco de dormir y enterrado al pie de un enebro ( del que tanto le gustaba el olor que desprendía cuando lo quemaba en las hogueras ) al que su cuerpo serviría de alimento. Fue su última transgresión humana. Así pues, todas las mañanas, el sol y el enebro se saludaran a través del negro vacío de ciento cincuenta millones de kilómetros.

viernes, 4 de noviembre de 2016



           De la lipofobia a la vigorexia pasando por Pokémon



A medida que la tecnología penetra más en nuestras actividades cotidianas, los hábitos de comida y de sueño -por poner sólo dos ejemplos- más se modifican. Ahora, a nadie le resulta extraño que dos personas que comen juntas estén consultando la pantalla de sus móviles en silencio, la conversación cada vez es menor y una excelente excusa para evitar hablar de verdaderos problemas, de lo importante, o simplemente escuchar de forma atenta al otro.
En muchos países anglosajones, los cursos más demandados por jóvenes venteañeros son los de aprender a conversar de forma real no virtual, algo  que puede resultar asombroso, pero que no lo es, puesto que crecieron hablando- chateando- entre sus iguales.
En las comidas, una de las conversaciones más recurrentes parece ser el hablar sobre lo que se come en términos de calorías, y es que pensar en términos de calorías es sintomático del miedo a engordar, y de ahí la fobia a la grasa en esta sociedad de superabundancia. Así pues, por un lado la atención y el disfrute de la comida está divido en atender al móvil- probablemente hablando de lo que se come y con quien- y por otro sintiéndome mal por lo que como, y quizá pensando en el esfuerzo en el gimnasio para “quemar” como ahora se dice la grasa. Cuando realmente está científicamente demostrado que un ligero sobrepeso es síntoma de buena salud, sin embargo, hace tiempo que los ideales  de perfección y delgadez cotizan a la alza como el no va más de la belleza. Como siempre confundiendo forma con fondo. Pero además del pavor a la grasa, está la necesidad, más acentuada en el hombre, de estar musculado como muestra de narcisismo. Aquí se une, o más bien se entrelaza la estética, la moda y la epidemia de narcisismo, pues la televisión nos hace parecer más gordos, aproximadamente entre 3 y 5 kilos y claro ahora la gente aparece en sus selfies, en sus redes sociales, en fin en las pantallas y esto acentúa aún más si cabe su preocupación por  parecer gordo. El cuerpo como lugar sobre el que trabajo continuamente, preocupándome y ocupándome de lo que como, las calorías, las proteínas que ingiero ( uno de de las franquicias más extendidas en las ciudades es la venta de proteínas por botes, principalmente para deportistas de gimnasios, el otro las teterías donde lo que más se vende parece ser son infusiones o productos adelgazantes )

 Las mujeres delgadas y los hombres musculados por supuesto, pero que sucede con los niños, pues por un lado hace unos meses se hablaba en los medios de comunicación que según varios estudios los niños, (no recuerdo que porcentaje pero era resaltable), presentaban problemas de obesidad, debido fundamentalmente a sus hábitos de ocio- móviles- pantallas etc… pero además, al poco tiempo, salió la noticia de que una profesora escocesa, con sólo obligar a los niños que acudían a su colegio en autobús a que se bajasen varias paradas antes para ir caminado al colegio esto repercutía –al cabo de un mes- en una bajada de peso considerable. Una supernany escocesa que simplemente introdujo el sentido común. Pero que ocurre con los niños que son inquietos, esos que no paran y que ni siquiera se enganchan al Pokemon, pues que se les diagnostica de hiperactivos y además se les da metilfenidato para tenerlos tranquilos y que no molesten, y además así el problema es del niño que no para, no de cómo lo educan los padres.
Este verano lanzaron al mercado el juego Pokémon, -que tanto dio que hablar- y según opinión del director de cine Oliver Stone él afirmó que era una nueva forma de control social y manipulación a la infancia. Algo de cierto debe de haber en esta afirmación cuando hace unas semanas que este director estrenó su última película Snowden, sobre el Big Data y como nos tienen más que vigilados y controlados.
Así pues, los adultos huyendo de la grasa como de la peste, y la población infantil la que no está dopada, se la persuade para que continuamente esté en juegos en línea, pero a la vez esto contribuye a que engorde, con lo cuál las contradicciones de esta sociedad de consumo son grandes y variadas y la perversión continúa creciendo, pues de esto se nutre. Mientras la omnipotencia del tecnicismo es el nuevo opio del pueblo,  el hombre medio tendrá que habituarse a convivir con el jabalí en la ciudad; probablemente no tardando mucho se le obligará al jabalí a que este adelgace y se depile. Por de pronto, en estas navidades no olvide sentar a un jabalí en su mesa y prométale para Reyes un Iphone, mientras bájese un programa que le dice las calorías que tiene un trocito de turrón y aproveche para cambiarse de gimnasio que el otro mola más y tiene wifi.